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AMADOS POR SU CORAZÓN DE PADRE

El profundo deseo de Jesús es que amemos y honremos al Padre Celestial. Él dice en Juan 5.19: “Les aseguro que el Hijo de Dios no puede hacer nada por su propia cuenta; solamente hace lo que ve hacer al Padre…”. Con esta confesión, Jesús quiere mostrarnos la gloria y la magnificencia de Dios Padre. Jesús tiene sólo un propósito: llevarnos al Padre. Por esta razón, fue hasta el final por el camino de un sufrimiento indescriptible. Sólo cuando estemos unidos con el Padre, Jesús habrá cumplido Su propósito. ¿Y qué significa encontrar al Padre? Significa entrar en una verdadera relación de hijo con Él y comprender Su grandeza, gloria y sobreabundante amor.

Aunque Jesús habló mucho acerca del Padre, hasta hoy no es muy conocido. La mayoría de los cristianos oran al Señor Jesús, aunque Jesús mismo dijo en Juan 16.23: “…el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre”. Muchos tienen una relación personal de amor y gratitud con el Señor Jesús, su Salvador y Redentor; pero no, con Dios Padre. Porque Jesús se hizo hombre, nos es más fácil identificarnos con Él y también amarle. Precisamente porque Jesús se encarnó y, a través de esto, llegó a ser nuestro hermano, podemos acercarnos al Padre. Su Padre ha llegado a ser nuestro Padre. ¡Que dolor para Jesús que el Padre permanezca como un extraño para nosotros, ya que es Su Padre, Su completo amor, pues Su meta es llevarnos a Él!

Quizás ya experimentemos lo que significa habernos convertido a Jesús, habernos vuelto a Él. Pero, ¿quién conoce lo que es volverse al Padre? ¿Quién se regocija por mantener una relación con el Padre, tanto como por la redención a través de la sangre del Cordero, nuestro Señor Jesús? ¿Quién puede exclamar y cantar de gozo que es hijo del Padre Celestial? ¿Quién está lleno de gratitud por ser amado como un hijo del Padre, de quien procede toda paternidad? ¿Quién está maravillado del sobreabundante amor del Padre – tan misericordioso, bondadoso, sufrido y paciente? Sí, Él nos ama más de lo que cualquier padre terrenal puede amar a su hijo. ¿No debe acaso este Padre recibir amor y gratitud de parte de Sus hijos? Sin embargo, cuán poco amor y gratitud recibe el Padre; menos que el Señor Jesús. Recordamos la venida de Jesús a esta tierra, Sus sufrimientos, Su resurrección victoriosa, y Su ascensión al cielo, y algunos de nosotros celebramos estos eventos en una forma especial, con profunda gratitud hacia Jesús. Pero, ¿cuándo recordamos el gran amor y gloria del Padre Celestial? ¿Cuánto tratamos de agradecerle y honrarle de forma especial? Quizás un poco en la Navidad, pero aparte de esto, casi nunca. Cantamos  muchas canciones e himnos acerca de Jesús, Su sufrimiento, Su resurrección, Le alabamos y bendecimos como el Buen Pastor, el Amigo de nuestras almas, el Salvador y Rey quien volverá en gloria. Pero, ¡cuán pocos himnos se cantan en honor a Dios el Padre!

El Padre realmente espera que Jesús, Su Hijo, sea alabado y; sin embargo, esto no es suficiente. Pocas canciones glorifican y dan gracias a Dios como Padre. El Padre tiene que ser alabado y honrado, porque es el Padre del Señor Jesús. Él es quien al final de los tiempos, será todo en todos. Él es Aquel quien gobierna en majestad todo el mundo, el universo entero; y Sus ojos paternales velan hasta por el más pequeño detalle de la vida de los suyos. El Padre es más grande que todas las cosas.
Unos años atrás, en nuestra pequeña tierra de Canaán, tuvimos una celebración de acción de gracias al Padre. Una mañana, cuando estábamos todos reunidos –las Hermanas, los amigos y los visitantes– en nuestra Capilla “El Llamado de Jesús”; sentí en mi corazón el deseo ardiente de alabar a Dios Padre, quien había cuidado de nosotras en todos estos años de forma tan paternal, hasta en los detalles más pequeños. Por eso, como un acto conmemorativo, y en presencia de Dios y de los amigos, hice algunas preguntas a las Hermanas como:

“¿Ha cuidado Dios de nosotras como un Padre y provisto alimento para nuestra mesa cada día a través de los años?”
“¿Ha sido Dios fiel a Su palabra en este aspecto?”
“¿Se ha manifestado Él como Padre?” Con unanimidad todas las Hermanas se levantaron y de todo corazón contestaron: “¡Sí!” Más tarde escuchamos que este testimonio causó una profunda impresión en las personas que nos acompañaban.

Las Hermanas sabían qué gran milagro era todo aquello cuando respondían “¡Sí!” a mis preguntas; pues la Madre Martyria y yo siempre habíamos compartido con nuestras hijas espirituales en cuanto a nuestras necesidades materiales y todas las metas de fe para nuestra pequeña tierra de Canaán. Las Hermanas sabían de las muchas dificultades, privaciones y obstáculos que teníamos que afrontar. Por eso este testimonio verdaderamente manifestó el poder, las bondades y la gloria del Padre.

¡Quién como Dios nuestro Padre! Es profundamente conmovedor escuchar al Señor Jesús hablando acerca del Padre. En Juan 16.27 Jesús habla a Sus discípulos, diciendo: “porque el Padre mismo los ama”. Con esto Jesús revela la verdadera naturaleza de Dios Padre; ¡Dios es amor, puro amor! Si pudiéramos contemplar Su rostro, veríamos facciones llenas de bondad, misericordia sin fin y ternura, tal como lo describe la Biblia en Éxodo 34.5-8: “Entonces el Señor bajó en una nube y estuvo allí con Moisés, y pronunció su propio nombre. Pasó delante de Moisés, diciendo en voz alta: ‘¡El Señor! ¡El Señor! ¡Dios tierno y compasivo, paciente y grande en amor y verdad! Por mil generaciones se mantiene fiel en su amor y perdona la maldad, la rebeldía y el pecado…’ Rápidamente Moisés se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y adoro al Señor…”.

Sí, ¡quién como Dios, nuestro Padre! Él tiene un rostro para contemplar a Sus hijos con una mirada de amor paternal bondadosa. Su rostro –aunque caracterizado por la santidad, sublime majestad, y dolor por sus descarriados hijos quienes rechazan volverse a Él– es amoroso, es el rostro de un verdadero Padre. Sí, Dios es un Padre, Padre de Su creación, Padre de la humanidad. Su rostro no es sino un  reflejo de Su corazón. El corazón de Dios es amor, sólo amor. Es con amor que Dios nos educa y corrige. Él siente un profundo dolor cuando tiene que castigarnos -y es en medio de esta ira que Él se detiene y nos llama tal como lo hizo antes con Su pueblo Israel a través del profeta Jeremías: “El pueblo de Efraín es para mí un hijo amado; es el hijo que más quiero. Aun cuando lo reprendo, no dejo de acordarme de él; mi corazón se conmueve y siento por él gran compasión. Yo, el Señor lo afirmo” (Jeremías 31.20).

Dios es tres veces Santo; por ser también nuestro Padre, encuentra tan difícil castigarnos, por lo cual Él dice: “Pero si esa nación se aparta del mal, entonces ya no le envío el castigo que le tenía preparado” (Jeremías 18.8). Así habla Dios el Señor, pues Él tiene un corazón paternal que se derrite pronto al ver lágrimas de arrepentimiento que le conmueven a detener sus castigos. Como nuestro Padre, Dios sólo espera ver si habrá alguna señal de arrepentimiento en nuestro corazón malo y endurecido -luego Él perdona y sana donde Él había herido. Ningún padre humano que ha sido herido por sus hijos, quienes pagan su amor con malicia e ingratitud, jamás ha podido manifestar tanta paciencia, misericordia y bondad como lo hace Dios nuestro Padre. Verdaderamente el corazón de Dios está lleno de paciencia y amor por nosotros. Él comparte todas Sus riquezas con Sus hijos, aunque nosotros constantemente le defraudamos. En la parábola del hijo pródigo, el padre dice: “…todo lo que tengo es tuyo” (Lucas 15.31). Nuestro Padre quien es el Creador del cielo y la tierra, nos permite participar de todas Sus riquezas, de los tesoros de Su casa. El amor paternal de Dios es verdaderamente como un poderoso río…tan vasto, tan grande que no lo podemos comprender. De la misma manera, sólo podemos ver y tocar las olas que rozan la orilla. ¡Qué las olas del océano de este amor pudieran derramarse dentro de nuestros corazones, y así recibiríamos una pequeña idea de la profundidad del amor que llena el corazón del Padre, y seríamos inspirados para amarle a Él quien nos ha amado primero!

¿Cómo puedo comenzar esta relación personal con Dios mi Padre? ¿Qué debo hacer para saber que existe el Padre Celestial, y realmente experimentar Su amor?
Es muy sencillo, simplemente debemos llevar nuestras peticiones delante del Padre como lo haría un niño. Incluso en la tierra, lo que a un padre verdadero más le gusta hacer es poder responder a las peticiones de sus hijos – aunque a veces él tenga que castigarlos–. ¡Qué alegría para el Padre cuando sus hijos vienen a Él, llenos de confianza, trayéndole sus esperanzas y deseos! Y cuando el hijo entiende que puede pedir y confiar en su padre, éste se regocija mucho más; y como resultado la relación de padre a hijo se hace cada vez más profunda.

Nuestro Padre Celestial nos anima una y otra vez a que seamos como niños en nuestras oraciones y súplicas: “Pidan, y Dios les dará” (Mateo 7.7). Cualquier padre amoroso que escucha la súplica de su hijo está impulsado a responderle – así que, ¿cuánto más dispuesto a responder estará nuestro Padre Celestial? Su amor paternal excede al de todos los otros padres. Por otra parte, si un hijo no acude muy seguido a su padre o no pide mucho, entonces recibirá poco. El mismo principio se aplica a nosotros, como está escrito en Santiago 4.2: “…No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios” ¡Sí, cualquiera que pide, recibe y descubre que Dios es un PADRE! Dios el Padre está esperando por hijos que le pidan. Esta verdad entró profundamente en mi corazón cuando escuchaba a una amiga relatando una experiencia que tuvo durante la última guerra mundial:

Fue en el año 1945, un día después de Pentecostés. Cansada pasé por encima de los cascotes de una calle bombardeada en mi pueblo natal. En medio de las ruinas y escombros, logré recoger una olla de metal, pues después de la destrucción de nuestro hogar, tuvimos que juntar cosas esenciales de la casa para vivir. ¡Cuántas veces había pasado por esta misma calle, con un grupo de amigas, para llevar comida a los pobres y necesitados! Y ahora, yo misma me encontraba en profunda necesidad, privada de todos mis bienes, debilitada por el hambre y con las manos vacías. Había perdido todo no sólo bienes materiales, sino hasta el deseo de vivir. Lentamente estuvo asomándose a mi corazón una oscura y amenazante nube, queriendo levantar la terrible pregunta en mí: “¿Por qué?”La oscuridad invadió mi alma. No podía ver más el claro azul del cielo primaveral, ni me daba cuenta del tibio rayo solar. Para mí era como de noche – la luz de Dios casi se había extinguido en mi alma. Y me quejé dentro de mí: ¿Cuándo Dios ha sido un Padre para mí, que provee para Sus hijos, que cuida de ellos y escucha sus súplicas?

De repente, una bandada de gorriones empezó a gorgojear y piar ruidosamente  ante mis pies, haciendo disipar mis pensamientos melancólicos. ¿Qué estaban haciendo? Estaban recogiendo lentejas verdes del pavimento, de la calle bombardeada. Pero ¿de dónde habían salido estas lentejas verdes? Concluí que un camión que traía raciones de comida había pasado sobre el escabroso pavimento. Uno de los sacos del camión obviamente tenía un agujero y las lentejas se habían caído. Por unos cien metros una vereda de lentejas marcó el camino. Sentí nueva vida entrar en mí. Me agaché y empecé a recoger las lentejas colocándolas en la olla que encontré. Durante dos horas recogí lentejas hasta que la olla se llenó. Mi espalda no me dolía, y la oscuridad de mi alma se había disipado. Otra vez más pude cantar y regocijarme y dar gracias. De repente reconocí la mano fiel del Padre en este incidente y nuevas fuerzas surgieron dentro de mí. Como agradecimiento, alabanza y voto, vez tras vez resonaba en mi corazón:

“¡El Señor nunca olvida a los suyos,
por eso, mi alma, nunca te olvides de Él!”

El Salmo 147.9 dice que Él: “Da de comer a los animales y a las crías de los cuervos cuando chillan”. Pero, ante nuestro Padre Celestial, muchas veces nos comportamos como hijos muertos, que en su desesperación y desánimo apenas pueden pronunciar algo. Frecuentemente quedamos enmudecidos, porque estamos tan envueltos en nuestro problema; o preferimos quejarnos de ello ante otros. Sin embargo, no sabemos ir a nuestro Padre Celestial con la confianza de un niño y decirle que necesitamos de Su ayuda. Si nos falta ir a Él como niños, entonces es señal de que nuestra relación con Dios el Padre está siendo obstaculizada. La señal de un verdadero hijo es que él está constantemente rogando al Padre por esto o por lo otro. ¡Qué gran dolor siente nuestro Padre cuando no escucha la voz de Sus hijos, cuando no vienen a Él, sino que se envuelven en sus necesidades!

¡Cuán empobrecidos quedamos por la falta de esta relación con Él! Si no pedimos, no recibimos. El amor de Dios es limitado por nuestra conducta y actitud. Si no experimentamos Su bondad en nuestra vida, entonces somos nosotros los que estamos fallando y no Él. Pues una cosa es segura: Dios quiere ayudarnos más que cualquier otro padre en el mundo. Sin embargo, muchas veces los poderes de desesperación e incredulidad ocupan el primer lugar en nuestra vida, como testificó nuestra amiga. Pero la forma conmovedora como Dios intervino para ayudarla, debe animarnos: nosotros también podemos tener lo que necesitamos, si pedimos con confianza, porque somos hijos del Padre quien tiene todas las cosas bajo Su control.

Sí, verdaderamente es un placer y gozo para Dios el Padre poder demostrar Sus bondades y Su poder en nuestra vida, especialmente hoy en día cuando tantos lo odian, rechazándole y rebelándose contra Él. A Dios le pertenece el cielo y la tierra y toda la plata y el oro. Él puede cambiar y dirigir los corazones de las personas como ríos, cuando estamos en dificultades y aflicción. Salud y fortaleza, y todos los regalos espirituales y ayuda para cada problema están a Su disposición. Miles y miles de ángeles están a Su servicio, a quienes Él envía en nuestro auxilio (ver Hebreos 1). Esto debe consolarnos en vista de los peligros del presente y el futuro. Sí, Dios es amor y el amor tiene que ayudar. El amor usa todos los recursos y posibilidades para socorrer.

Cuán tontos somos cuando no le pedimos a Dios, sino que quedamos ensimismados, confiando en nosotros mismos, aunque somos tan limitados y pobres y pronto llegamos al final de nuestras posibilidades. O quizás, dependamos de la ayuda de otras personas esperando que ellos resuelvan nuestros problemas. Sin embargo, quien pone su confianza sólo en el Padre Celestial, acercándose a Él como un hijo en todas las dificultades, grandes y pequeñas, experimentará que sus oraciones no son en vano. Entonces descubrirá quién es el Padre: el Rey de reyes a quien le pertenece todo. Él solo tiene que decir una palabra y recibiremos todo lo que necesitamos. Sí, cada vez que oramos confiadamente a Dios Padre, nos acercamos más a Su corazón, y así nace una íntima relación de amor con el Padre.

 

 

Por esto, unámonos en la siguiente oración:

         Padre mío, te doy gracias porque Tú eres un Padre de amor. Tu nombre es “Admirable” porque Tú eres un Dios que ejecuta milagros, aún hoy en día. Te doy gracias que puedo contar con Tus milagros, también en mi vida personal, si vengo a Ti con todas mis peticiones, grandes y pequeñas, ya que Tú eres mi Padre amoroso. Tú eres el mismo ayer y hoy. Tú multiplicas la comida cuando estamos en tiempo de escasez. De forma maravillosa, abres puertas cerradas y provees para los Tuyos, si como verdaderos hijos Tuyos estamos dispuestos a ser educados y corregidos.
Te doy gracias, y desde ahora en adelante ya no quiero contar con lo visible de mi vida, sea en la forma de finanzas, bienes o dones; sino que quiero contar con Tu bondad paternal. Solamente tienes que decir una palabra, y he aquí ésta se hará realidad. Así que permíteme contar con el hecho de que Tú eres un PADRE, que todo lo puedes. Ayúdame a que mi relación contigo llegue a ser cada vez más profunda, a través de mis peticiones de confianza y mi entrega de amor a todos tus caminos, para gozo Tuyo y para mi bien espiritual y felicidad.

Que mi vida sea para Tu gloria, inspirando a muchos para honrarte y glorificarte, habiendo visto cómo te manifiestas en mí como un Padre de amor. Amén.

Jesús nos dice:

“…porque el Padre mismo los ama. Los ama porque ustedes me aman a mí, y porque han creído que yo he venido de Dios” (Jn.16.27).

“… ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!” (Mt.7.11).

“Y todo lo que ustedes pidan en mi nombre, yo lo haré, para que por el Hijo se muestre la gloria del Padre” (Jn.14.13).

“El que me ama, hace caso de mi palabra; y mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él” (Jn.14.22).

“Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre”. (Jn.14.6).

“…todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán. Y cuando estén orando, perdonen lo que tengan contra otro, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados” (Mc.11.24-25).

“¿Acaso alguno de ustedes, que sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado, o de darle un alacrán cuando le pide un huevo?… ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc.11.11-13).

Oraciones a mi Padre en tiempos de necesidad

  • Padre mío, te doy gracias. Tú no me das una piedra cuando pido pan. Jamás lo harías, porque eres un padre amoroso.
  • Padre mío, te doy gracias, porque tienes contados todos los cabellos de mi cabeza, de manera que aún las cosas más pequeñas pasan por tus manos, y me bendicen y hacen bien.
  • Padre mío, te doy gracias, porque soy hijo tuyo, y por eso ningún bien puede faltarme.
  • Padre mío, te doy gracias. Eres el Padre misericordioso y el Dios de todo consuelo. Tu corazón se abre cuando estoy en necesidad.
  • Padre mío, te doy gracias, como hijo, porque tu corrección no es más de lo que puedo soportar.
  • Padre mío, te doy gracias, porque sabes lo que es bueno, saludable y beneficioso para mí; por eso, el modo en que me guías siempre será el mejor.
  • Padre mío, te doy gracias, porque escuchas cada petición y ninguna oración de tus hijos es en vano.
  • Padre mío, ¿quién me ama como Tú? ¿Quién me cuida como Tú? ¿Quién me guía por el camino correcto como Tú? ¿Quién me sobrelleva a mí, tu hijo, con paciencia  como Tú? ¡Nadie en la tierra, ahora ni en toda la  eternidad!
  • Padre mío, Te doy gracias por se el mejor de los padres, compasivo y clemente, lleno de bondad y paciencia con tu hijo,
  • Padre mío, te doy gracias, porque nada puede sucederme, excepto lo que Tú permites. Finalmente, todo viene de Ti y Tú lo usarás para mi bendición.
  • Padre mío, te doy gracias, por alegrarte en hacer el bien a tus hijos. Muchas gracias, porque puedo contar contigo en todas mis necesidades.

 

Alabanzas Al Padre Celestial

 Padre amoroso, Padre amoroso, Padre de inmenso y eterno Amor; Tus planes, consejos y guías son Tu don de amor en mi vida. Padre amoroso, Padre amoroso, Padre de inmenso y eterno amor, ¡Tú eres Amor!

Padre de Gracia, Padre de Gracia, Padre de Gracia eterna. De tu corazón emana abundante gracia, por ella mis culpas no ves, sino que ves a Jesús. Padre de Gracia, Padre de Gracia, Padre de Gracia eterna. 

¡Padre mío, tuyo soy!Lo más bello en la tierra es
ser tu amado hijo, ser rodeado por tu amor
y cuidado paternal, siempre día y noche.

Padre, cuán hermoso es conocer tu corazón
que por mí palpita, sentir que tu gozo es
el tenerme junto a Ti, y allí me refugio.

Padre, Padre, tuyo soy, tu hijito amado soy,
¡nada más anhelo! Cada hora amado soy
por mi Padre celestial, tanto bien Él me hace.

Padre mío, es verdad que el pecado en mi ser
te causa tristeza. Mas, con tierna compasión
en Jesús me das perdón, mi maldad Tú cubres.

¡Padre, Padre, tuyo soy! Que herencia celestial
que en la tierra tengo; ser mecido por tu amor,
siempre en brazos de mi Dios, de mi Padre eterno.


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HERMANDAD EVANGÉLICA DE MARIA - PARAGUAY