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Un extracto de este librito de 16 págs.:

¿Cómo puedo comenzar esta relación personal con Dios mi Padre? ¿Qué debo hacer para saber que existe el Padre Celestial, y realmente experimentar Su amor?

Es muy sencillo, simplemente debemos llevar nuestras peticiones delante del Padre como lo haría un niño. Incluso en la tierra, lo que a un padre verdadero más le gusta hacer es poder responder a las peticiones de sus hijos – aunque a veces él tenga que corregirlos–. ¡Qué alegría para el Padre cuando sus hijos vienen a Él, llenos de confianza, trayéndole sus esperanzas y deseos! Y cuando el hijo entiende que puede pedir y confiar en su padre, éste se regocija mucho más; y como resultado la relación de padre a hijo se hace cada vez más profunda.

Esta verdad entró profundamente en mi corazón cuando escuchaba a una amiga relatando una experiencia que tuvo durante la última guerra mundial:

Fue en el año 1945, un día después de Pentecostés. Cansada pasé por encima de los cascotes de una calle bombardeada en mi pueblo natal. En medio de las ruinas y escombros, logré recoger una olla de metal, pues después de la destrucción de nuestro hogar, tuvimos que juntar cosas esenciales de la casa para vivir. ¡Cuántas veces había pasado por esta misma calle, con un grupo de amigas, para llevar comida a los pobres y necesitados! Y ahora, yo misma me encontraba en profunda necesidad, privada de todos mis bienes, debilitada por el hambre y con las manos vacías. Había perdido todo no sólo bienes materiales, sino hasta el deseo de vivir. Lentamente estuvo asomándose a mi corazón una oscura y amenazante nube, queriendo levantar la terrible pregunta en mí: “¿Por qué?” La oscuridad invadió mi alma. No podía ver más el claro azul del cielo primaveral, ni me daba cuenta del tibio rayo solar. Para mí era como de noche – la luz de Dios casi se había extinguido en mi alma. Y me quejé dentro de mí: ¿Cuándo Dios ha sido un Padre para mí, que provee para Sus hijos, que cuida de ellos y escucha sus súplicas?

De repente, una bandada de gorriones empezó a gorgotear y piar ruidosamente  ante mis pies, haciendo disipar mis pensamientos melancólicos. ¿Qué estaban haciendo? Estaban recogiendo lentejas verdes del pavimento, de la calle bombardeada. Pero ¿de dónde habían salido estas lentejas verdes? Concluí que un camión que traía raciones de comida había pasado sobre el escabroso pavimento. Uno de los sacos del camión obviamente tenía un agujero y las lentejas se habían caído. Por unos cien metros una vereda de lentejas marcó el camino. Sentí nueva vida entrar en mí. Me agaché y empecé a recoger las lentejas colocándolas en la olla que encontré. Durante dos horas recogí lentejas hasta que la olla se llenó. Mi espalda no me dolía, y la oscuridad de mi alma se había disipado. Otra vez más pude cantar y regocijarme y dar gracias. De repente reconocí la mano fiel del Padre en este incidente y nuevas fuerzas surgieron dentro de mí. Como agradecimiento, alabanza y voto, vez tras vez resonaba en mi corazón:

“¡El Señor nunca olvida a los suyos,

por eso, mi alma, nunca te olvides de Él!”

 

Oraciones a mi Padre en tiempos de necesidad

  • Padre mío, te doy gracias. Tú no me das una piedra cuando pido pan. Jamás lo harías, porque eres un padre amoroso.
  • Padre mío, te doy gracias, porque tienes contados todos los cabellos de mi cabeza, de manera que aún las cosas más pequeñas pasan por tus manos, y me bendicen y hacen bien.
  • Padre mío, te doy gracias, porque soy hijo tuyo, y por eso ningún bien puede faltarme.
  • Padre mío, te doy gracias. Eres el Padre misericordioso y el Dios de todo consuelo. Tu corazón se abre cuando estoy en necesidad.

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