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Amar a Jesús

Quisiera leer un pasaje del Evangelio según Juan: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos… y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él…el que me ama, será fiel a mi palabra; y mi Padre lo amará, iremos a él, y habitaremos en él” (Juan 14:15,21,23).

Aquí Jesús, nuestro Señor, repite insistentemente lo mismo: “El que me ama… el que me ama”. Para Jesús, este amor es, ciertamente, una cosa muy importante. Sabemos que la primera pregunta que Él dirigió a Pedro después de la Resurrección fue: “¿Me amas?”.

Para nosotros es de mayor importancia saber que  este amor es el elemento decisivo en nuestra vida sobre la tierra, y que, cuando lleguemos a la vida eterna, “seremos pesados”, principalmente, con respecto al amor. Según las Sagradas Escrituras, lo más importante y decisivo es el amor.

Sólo el amor nos hace felices. Sólo el amor nos llena de gozo. Los cristianos llevaremos en nuestro rostro el resplandor del gozo en la medida en que amemos de hecho y en verdad; convencidos de que nuestra vida práctica tiene que concordar con nuestras palabras. El amor es fuente de dicha y alegría genuinas.

Por esto mismo, se puede saber si una persona ama o no a Cristo: es posible descubrirlo en su rostro. El amor hace feliz. El amor lleva consigo el gozo.

El amor nos manifiesta el amor del Padre y del Hijo. Esto es lo que Jesús afirmó: “El que me ama, será amado por mi Padre”.

Si no nos dejamos acunar como niños en el amor del Padre; luego, cuando la cruz y las dificultades aparezcan en nuestra vida, los problemas nos aplastarán, la tentación nos acosará, y nos llevará a preguntarnos: ¿De veras nos guía el Padre? ¿Nos ama verdaderamente? Es tan poco lo que le amamos que no podemos creer seriamente en su amor. “El que me ama, será amado por mi Padre.” Puedo afirmar esto con todo mi corazón. Lo sé, lo siento, lo experimento, y esta certeza es mi mayor felicidad: El me ama. La forma en que me guía y dispone de mi vida, es cosa que incumbe únicamente a su amor de Padre, sólo a su amor.

Pero, además, este amor es tan importante porque solamente él es más fuerte que cualquier desgracia y aflicción que pueda sobrevenirnos. El amor – si es amor a Jesús, encendido por el Espíritu Santo – es indestructible. El amor es más grande y más fuerte que todo lo demás.

Cuando el año pasado visité Auschwitz, Polonia, y fui a la celda de hambre del sacerdote y mártir Maximiliano Kolbe, sentí una fuerte impresión. Había leído en la historia de su vida que muchas personas fueron encerradas en aquella celda subterránea. Morir de hambre debe ser el fin más horrible. Casi siempre las personas enloquecen. De aquellas celdas salían gritos de desesperación y de locura. Los rostros de los reclusos quedaban completamente desfigurados y la fuerza del dolor y la desesperación reinaban incluso sobre los cristianos que se encontraron en aquellas celdas, sumidos en semejante tormento.

También Maximiliano Kolbe fue encerrado en una de esas celdas. Fue allí voluntariamente, porque así lo quiso. Espontáneamente se ofreció para sustituir a otro prisionero que era padre de familia. Entonces ocurrió algo que maravilló a todos, a los propios carceleros y a quienes compartían su misma suerte. Él no se volvió loco, sino que, por el contrario, cantó hasta el fin, con un rostro transfigurado en medio de los mayores sufrimientos, tal como las Escrituras registran la muerte de Esteban.

¿Cómo fue posible algo así? A Maximiliano Kolbe – lo sabemos por su propia vida – era el amor a Jesús la fuerza que lo sostenía. Ese mismo amor que tuvieron tantísimos mártires. Tenemos pruebas palpables de que el “lavado de cerebro” practicado sobre quienes amaban a Jesús, terminó siendo totalmente inútil. Otros creyentes, en cambio, sufrieron las consecuencias de tales prácticas: negaron y renegaron, no siendo dueños de sí. La verdad es que el amor es más fuerte que todo lo demás, por esto necesitamos amar intensamente a Jesús.

Puede ocurrir que personas que se aman mucho, unidas por el matrimonio o la amistad (o también los padres en relación con sus hijos) pasen por una situación de mucho sufrimiento, pero aquel amor que se tienen es superior a todo lo demás. La cosa más importante es que aún permanezcan juntos.

El amor soporta todas las cargas. Si el amor humano, aún siendo sólo una pálida imagen del verdadero amor a Jesús, puede tener tal fuerza, es fácil imaginar cuánta fuerza contendrá en sí el amor a Jesús.

En esta época necesitamos, cueste lo que cueste, de este amor a Jesús. Vivimos en un tiempo en que “olas de maldad” nos acometen y penetran en las familias: hoy hay muchas preocupaciones por los hijos que crecen, por las revueltas, los desórdenes, las guerras civiles, una guerra atómica. Nos acometen con tal fuerza que nos hundimos por el temor que despiertan, a pesar de nuestra fe. Nos desalentamos, desconfiamos, nos sumergimos bajo la marea de nuestras preocupaciones.

Refiriéndose a la difícil etapa final a la que ahora entramos, Jesús nos advirtió: “Estén alerta, no sea que sus corazones se carguen…” (Lucas 21:34).

Jesús nos dice: “No se inquieten…” (Mateo 6:31). Y esto no se refiere únicamente al alimento, sino también a todo lo que es terrenal, junto con las ansiedades y preocupaciones de la familia, de la casa y de todo cuanto acontece.

Sabemos que dos tercios de la humanidad están ya bajo el influjo del ateísmo (bajo influencias anticristianas), y que en casi todos los países se desarrollan –o están en su fase inicial– persecuciones contra los cristianos. Jesús dice: “…y serán aborrecidos por todas las naciones a causa de mi Nombre” (Mateo 24:9). Ahora mismo, incluso en países cristianos, comenzó a suceder que a veces, servicios y cultos son perturbados de distintas formas.

En relación a esto quiero reiterar una vez más: sin un amor intenso a Jesús, no encontramos remedio en nuestro tiempo; nos convertimos en renegados o desesperados. Ciertamente, todos cuantos reconocen a Jesús como su Salvador, lo aman hasta un punto. Pero, según la Sagrada Escritura, Jesús entiende el amor por Él como el “primer amor”, y no considera otra cosa.

Por ejemplo, Jesús dice: “El que ama a su padre o a su madre [o a cualquier persona] más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo10:37). En el amor, Jesús demanda siempre el primer lugar. ¿Qué cosa llena nuestro corazón durante el día? ¿De qué se ocupan nuestros pensamientos? ¿Tras de qué se va nuestro corazón? ¿Qué es lo que nos absorbe? ¿Nuestro trabajo o negocio, nuestra profesión, nuestra tarea de ama de casa, nuestra familia, las preocupaciones o angustias que nos asedian? ¿O estamos fascinados y llenos de nuestro Señor Jesús?

La pregunta es ésta: “¿A quién pertenece, después de todo, mi corazón?” Cada uno deberá examinarse en el silencio de su propia conciencia: ¿A qué doy la máxima importancia? ¿Qué me agita durante la noche, cuando no logro conciliar el sueño? Para uno pueden ser las preocupaciones, para otro las amarguras de la vida u otra cosa por el estilo. Quisiera insistir una vez más: si tranquilamente dejamos de preocuparnos tanto, después recogeremos lo que hemos sembrado aquí en la tierra, pero principalmente en la eternidad. Preguntémonos, pues, ¿cómo lograré que Jesús ocupe efectivamente, en mí, el primer lugar?

Aquello sobre lo que Jesús pone nuevamente el acento, es el primer mandamiento. En efecto, el primer mandamiento ordena – y aquí el amor ocupa una vez más el primer lugar – amar a Dios sobre todas las cosas, con todas las fuerzas, esto es, con toda el alma y todo el corazón. Si Jesús ocupa en nosotros el primer lugar de nuestro amor, entonces, todo lo que haremos será en unión a Él, junto con Él, y, así, no podrá arrollarnos ni oprimirnos. Y esto es maravilloso, puesto que Jesús es la solución a todas las dificultades; por ser, Él mismo, la paz y el Salvador. Si nosotros lo hacemos todo en Él y desde Él, entonces todo se resolverá en plenitud de paz y de alegría, aun en las aflicciones más grandes y difíciles, y así uno puede sobrellevarlo.

Pero para llegar a esto, debemos elegir a Jesús como cima de todos nuestros amores. Se trata de una opción libre: ¿A quién elijo yo? ¿A Jesús o, por el contrario, elijo a mi familia, a mi propio honor, a mi profesión? Ésta es la pregunta que Jesús nos hace en este preciso momento.

Ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el camino que nos conduce a amar a Jesús en primer lugar? Es muy sencillo. Debemos entregarle a Él lo que ocupa nuestro corazón y por consiguiente, renunciar y desprendernos de todo aquello que para nosotros es lo más importante. Puede parecer que no estamos hablando propiamente de “amor” en este caso: las preocupaciones que nos asedian no son precisamente objeto de nuestro amor, pero nos tienen cautivos, atados. Y si pensamos, por ejemplo, en nuestra profesión y trabajo – muchos de los cuales nos resultan verdaderamente difíciles, pero nos atan. Nos encontramos ante un amor diferente, menos noble, pero aun así hablamos de “un amor.”

Por eso me parece tan importante llevar a la cruz de Cristo todo lo que nos cautiva y nos domina, renunciando a ello. El evangelio de Juan es muy claro al respecto: Jesús no viene a morar en nosotros si la casa de nuestro corazón está habitada. El amor a Jesús es una cosa tan maravillosa y especial, que no hay lengua capaz de explicarlo. Vemos cómo Él nos ofrece su amor; cómo nos hace el don de visitarnos si nosotros queremos acogerlo, cómo quiere habitar en nosotros y llenar nuestros corazones. Pero no impone esto a nadie. Él es, efectivamente, Aquel que ama, y con el amor no se puede hacer otra cosa que ofrecerlo.

Pensemos cuántas veces Jesús se detuvo a la puerta de nuestra alma como mendigo. Nosotros somos el objeto único de sus deseos; constituimos el objeto de todo su amor, porque Él quiere habitar en nosotros, unirse a nosotros, hacerlo todo con nosotros. ¡No podemos imaginar el gran deseo de Jesús de acercarse a nosotros, para darnos su amor y su presencia! De otro modo, Él no nos llamaría “la Esposa del Cordero”. Él hace todo lo posible por unirse a nosotros. Si no fuera así, no sería llamado “el Esposo” en la Sagrada Escritura. El distintivo de un esposo es el amor. Cuando Jesús se llama Rey, lo hace para manifestar el poder de su majestad. Pero en relación con el alma que lo ama, se llama “el Esposo”.

Ahora aclaremos un punto. Los padres deben amar a sus hijos, y todos nosotros debemos amarnos mutuamente; así lo quiere el Señor. Pero, ¿hasta qué punto es este amor un amor excluyente? Si nuestro corazón estuviera lleno por completo de ellos, Jesús no encontraría ya sitio. Debemos amar a las personas en Jesús, porque Jesús está en nosotros. Si vivimos, amando de este modo, entonces poseemos de verdad aquel amor que hace felices y libera a los demás.

No se puede expresar lo suficiente de cuánto Jesús suplica y llama, diciendo: “Dame tu amor”. No hay nada, que Jesús aprecie tanto como nuestro amor a Él. Él tiene un corazón sensible. De Dios se dice: “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Y el amor sólo queda satisfecho si es correspondido.

Muchas veces no estamos dando nuestro amor a Jesús y a nuestro Padre Celestial. Cumplimos con el deber de nuestras oraciones y leemos nuestra Biblia; y esto, ¿no lo hacemos solamente por nosotros mismos, para buscar fortaleza o para superar tal o cual dificultad…? Sin embargo, ¿hasta qué punto deseamos hacerlo todo, por amor, unidos a Él? Esto es lo que Jesús espera. Él nos dirige su invitación y súplica: “Permanezcan en Mí…” esto es, “Comparte todo conmigo, sean una parte de Mí, háganlo todo en unión conmigo”.

Reflexionemos, en silencio, sobre la forma en que pasamos el día. ¿Cuántas cosas hacemos sin Jesús, y cuántas pequeñas y, aún, grandes decisiones tomamos sin contar con Él; sin haber orado, primero, largamente con Él, y sin haber discutido a fondo el asunto con Él? ¿En cuántas cosas pensamos sin tener en cuenta a Jesús? Sabemos que nuestros pensamientos giran en torno a las preocupaciones que nos dan los demás, en la casa, en la familia, en el lugar de trabajo. En estas cosas pensamos una y otra vez, y por horas enteras.

¿Qué deberíamos hacer si amáramos a Jesús? Deberíamos conversar con Él sobre esto y decirle: “Amado Señor mío, Jesús, Tú ves como me aflige y me desconcierta todo esto. Vengo a Ti, dime lo que Tú piensas. Ayúdame a hablar contigo francamente”. Cuando el alma se tranquiliza en la paz y el recogimiento, Jesús te da una respuesta. Tal vez tú crees que estás en lo justo, y el Señor te dirá: “Pero, ¿te preocupaste de escuchar al otro hasta el fondo de su problema? ¿Has considerado bien la necesidad y dificultad en que se encuentra? No eres tú quien debe juzgar…” Y así vamos escuchando a Jesús, cada vez más. No se le oye con los oídos, sino que con el corazón. Él nos comparte su pensamiento con precisión: cómo deben ser vistas y oídas las cosas, cómo debemos hablar en este caso y reaccionar en el otro.

¡Cuántas veces Jesús se queda fuera porque no nos preocupamos de salir a su encuentro! No sentimos el impulso del amor. ¿Cómo se comportan las personas en las cosas que les interesan? Cuando algo me emociona, me preocupa o me trae problemas, – si tengo una persona a quien amo–, voy a él, me abro a él y le cuento: “Éste y éste….¿Qué piensas tú de esto?”

¿Está Jesús completamente fuera de nuestra vida? ¿Es Él a quien amamos y a quien verdaderamente pertenecemos? La palabra “esposa” no es algo místico cuando la usa Jesús. Si Él dice “la esposa del Cordero”, esto implica que toda alma debe ser un “alma-esposa”, un alma llena de amor a Jesús.

Así me siento atraída por Jesús, impulsada a tratarlo todo con Él, a entretenerme largamente a su lado. Cuánto tiempo perdemos hablando –y hasta terminamos pecando– al agrandar las dificultades y los males que otros nos hacen, en vez de hablar con Jesús que es el único capaz de mostrarnos el camino del amor, el único que puede guiarnos hacia el arrepentimiento de nuestros pecados. ¿Cuánto tiempo dedicamos a Jesús por amor que nos impulsa hacia Él?

Acabo de recibir una nota que quisiera leerles, porque es muy apropiada para cuanto hemos dicho hasta ahora. Dice así: “Durante mi última estadía en Darmstadt recibí un folleto con la frase, Jesús te pide: ¡Dame mucho tiempo! Este pensamiento no me dejó ni un instante. Es terrible detenerme a reflexionar sobre cómo transcurre nuestra jornada. Por eso mi esposa y yo hemos decidido abandonar nuestra sucursal el próximo 31 de mayo. No sabemos aún cómo saldremos adelante financieramente, pero ambos sabemos que el Señor no nos arruinará, y esto es maravilloso. Los dos estamos tranquilos y llenos de una gran alegría. Y tenemos el compromiso de dedicar diariamente un tiempo determinado a la oración…”

Todo depende de lo que ponemos en la práctica. Si sólo aceptamos con la mente que debemos amar a Jesús… no hemos hecho nada. Jesús quiere ver acciones. Es como si alguien dijese a otro “Te amo, te amo”, pero no hiciese absolutamente nada por él.

Jesús quiere ver acciones, esto es, que yo le entregue verdaderamente más tiempo a Él. Si mi jornada me absorbiera completamente y me diera cuenta de estar otra vez lejos de Jesús; debería recurrir a Él y decirle: “Perdóname. Que tu sangre cubra mis faltas. Estrecha los lazos que me unen a Ti”. Puede ocurrir que al cabo de diez o quince minutos me encuentre otra vez muy lejos de Jesús; entonces, nuevamente, debo interrumpir mi actividad y acercarme a Jesús. Con ejercicio se llega a conseguirlo, y este ejercicio es una lucha de fe, de oración.

El hecho maravilloso es éste: todo lo que nos falta –incluso el mismo amor a Jesús– si lo pedimos con perseverancia, lo conseguimos. No es problema alguno que nos falte esto o aquello. El verdadero problema es ser tan indiferentes y no orar ni luchar en fe como para que las cosas cambien.

¡Cuánto quisiera yo hacer entrar en sus corazones esta súplica de Jesús!: “Ámenme, de manera que cumplan mis mandamientos”. Y entre éstos hay uno que dice: “Permanezcan en Mí” (Juan15:4). Tomemos esto en serio.

Pero démonos cuenta de que recogeremos –o no– los frutos de nuestro amor a Jesús, de acuerdo a lo que hayamos sembrado diariamente. Este será el juicio del día final que tendrá valor para toda la eternidad. Así tomaremos más en serio nuestra relación con Jesús, para intensificarla y profundizarla cada día. Pensemos: junto con el mandamiento “Permanezcan en Mí”, Jesús también dijo, “ustedes no pueden dar fruto, si no permanecen unidos a mí” (Juan 15:4). Este pensamiento penetró tan profundamente en mi corazón, que me dije: las cosas no pueden continuar igual. Si uno tiene su ocupación o trabajo, existe el riesgo de permanecer sin fruto si somos descuidados. Y sin embargo, como cristianos, nosotros hemos hecho esto. Por eso Jesús afirma: “Sólo quien permanece en Mí, produce fruto”. Esto significa estar unido a Él durante el día.

Jesús dice esto sólo porque quiere tenernos junto a Él. El hecho de que Él ponga tanto empeño y desee ardientemente que estemos junto a Él, nos sobrecoge y revela su gran humildad. Él quiere que conversemos con Él y que lo hagamos todo con Él y para Él.

Es una ayuda cuando decimos “Por Ti, por Ti”, en circunstancias que nos son difíciles o que nos humillan.

“Y al que me ama… yo le amaré.” ¿Qué cosa hay, más grandiosa, que ser amado por Él? Si en nosotros existe este amor, si Él habita en nosotros, entonces nos sentimos tan fuertes como para ser capaces de pasar por encima de cuantas dificultades y necesidades se nos presenten. Si en mí habita Jesús, que es el Señor del cielo y de la tierra, el Todopoderoso, el Príncipe de la Victoria, el que derriba todos los obstáculos y desata las cadenas, el Buen Pastor que siempre encuentra un camino, el Vencedor cuando lucho y oro por personas dentro de mi familia o en cualquier otra parte – entonces puedo decir que soy fuerte.

¿Cuándo habita Él en mí? “El que me ama… iremos a él y habitaremos en él”. ¡Oh, si escogiésemos a Jesús! Viviríamos en la presencia de Dios y le pediríamos que escudriñase nuestro corazón, donde habitan nuestros falsos y engañosos amores y nuestros ídolos; que deben ser lanzados fuera. Toda la Sagrada Escritura pone en evidencia que el Señor aborrece los ídolos, que nos ensucian y contaminan, atrayendo sobre nosotros el dolor y el enojo de Dios. Según la enseñanza de la Biblia, ídolo es todo aquello que impide a Dios estar en el primer lugar del corazón.

¡Jesús en el primer lugar! Únicamente esto es amarle a Él. Todo lo demás no es verdadero amor a Jesús, porque para Él, un amor dividido no es amor verdadero. Toda la Escritura nos enseña esto: “¡Jesús tiene que tener el primer lugar!”

El Señor nos lo conceda. Y seremos felices. Nos haremos fuertes, para vencer, y Jesús corresponderá a nuestro amor por Él y nos acogerá con amor inefable cuando lleguemos a la patria dichosa del Paraíso.

M.Basilea Schlink

© Verlag Evangelische Marienschwesternschaft,

     Darmstadt, Alemania, 2015

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