ASÍ SEREMOS DIFERENTES

Pleitos: Las disensiones

            En Gálatas 5:19-21, el apóstol Pablo enumera los pecados que denomina “obras de la carne”, y nos dice con mucha firmeza: “Les advierto a ustedes, como ya antes lo he hecho, que los que así se portan no tendrán parte en el reino de Dios”. Los pecados que allí se enumeran son: el adulterio, la fornicación, la inmundicia, las borracheras y otros, los cuales se conocen como vicios.

            Pero en esta lista también aparece un pecado del cual raras veces creemos que nos impide heredar el reino de Dios. Se trata de la discordia: la perturbación de las relaciones pacíficas por causa de los pleitos. Sí, las Sagradas Escrituras toman este pecado tan en serio que el apóstol Pablo utiliza cuatro expresiones para describirlo, por cuanto nos puede excluir del reino de Dios: enemistades, pleitos, discordias y partidismos.

            Esta es una poderosa advertencia de Dios, que generalmente  pasamos por alto. Si la consideráramos seriamente, la Iglesia de Cristo no se dividiría en tantas fracciones  ni existirían demasiados pleitos y divergencias. No hubo ninguna petición más urgente en el corazón de Jesús que aquella de que los suyos permanecieran unidos. Esa fue su  última plegaria. El hecho de que casi nadie pone atención a esta plegaria indica que Jesús no es el Señor de la Iglesia. No creemos que sus mandamientos son obligatorios para nosotros. Eso demuestra que su Iglesia y nosotros como miembros de ella a menudo vivimos separados de Él; llevamos una vida de pecado, pleitos, enemistad, etc. Como cuerpo de Cristo estamos desfigurando a la Cabeza, Jesucristo, desacreditándolo a Él y su enseñanza de amor. De ese modo somos culpables con las incontables personas que por ese motivo se ofenden con el cristianismo. Pero al mismo tiempo, sin que estemos enterados llegamos a estar separados de Jesús, La Cabeza, y vivimos bajo el dominio de aquel que incita toda enemistad, odio, pleitos y disensión. Destruimos el reino de Dios que está edificado sobre la unidad del amor, sin embargo, es derribado por la lucha y la desunión.

            No hay palabras suficientes para expresar las consecuencias que los pleitos y la enemistad producen en las familias, en las iglesias y otros grupos dentro de la Iglesia de Cristo. Las Sagradas Escrituras dicen que todo lo que hay en nuestras  vidas está escrito en un libro de memoria (Mal.3:16), de modo que nuestras deudas respecto a estos pecados generalmente son grandes. Porque, ¿qué hemos hecho para evitar tales pleitos y divisiones? Nos corresponde a nosotros ser los pacificadores de Cristo, pero en vez de ello, a menudo avivamos la llama de la enemistad. Un día Dios nos preguntará si ayudamos a alcanzar la paz por medio de palabras bondadosas y amables en las familias, en las obras y comunidades cristianas o si nos entregamos a los pleitos, o aun fuimos los que iniciamos las discordias.

            La tendencia a enardecer las llamas cada vez que hay un poco de tensión está profundamente arraigada en nuestros corazones. Y una pequeña chispa de un comentario negativo que podamos introducir en una conversación tensa puede encender el fuego en las iglesias, comunidades, grupos cristianos o familias. Un día, cuando estemos ante el trono de juicio de Dios caerá sobre nosotros su sentencia con todas las cosas terribles que tales discrepancias y divisiones hayan causado al reino de Dios.

            Las Sagradas Escrituras hacen mucho hincapié en este pecado, lo mencionan cuatro veces en el mismo versículo y nos advierten que tal pecado puede excluirnos del reino de Dios. Por tanto, debemos tomar este pecado en forma seria y no tolerarlo más en nuestras vidas. Pero sólo lucharemos contra él con seriedad, si primero lo llamamos por su nombre, tal como lo llaman las Sagradas Escrituras. No debemos embellecerlo con alguna pretensión falsamente piadosa de defender la verdad, ni diciendo que eso son “problemas inevitables en la familia”, etc. Debemos desechar tales excusas. Usualmente no es sincero nuestro deseo de mantener la verdad y la justicia aún en el sentido teológico. Tenemos que aplicarnos las palabras que el apóstol Pablo escribió a los Corintios con respecto a sus divisiones piadosas (“Yo soy de Pablo: y yo de Apolos”): “Mientras haya entre ustedes envidias y discordias es que siguen manteniendo criterios puramente humanos y conduciéndose como lo hace todo el mundo” (1 Co.3:3).

            Los pleitos y las disensiones están relacionados con la “carne”. La raíz de estos pecados son el orgullo, la envidia, los celos y otras faltas. Los soberbios piensan que sólo sus opiniones son correctas. No ven los puntos buenos de los demás como hacen los humildes, ni estiman sus opiniones. Esa es la razón por la cual hay tanto desacuerdo, lucha y disputas, y aún falta de reconciliación en las familias y otros grupos.

            Las Sagradas Escrituras no se manifiestan interesadas en si tenemos la razón o no cuando hay un problema en la familia o en nuestra iglesia. Mas bien afirman claramente que cada vez que reñimos con otros estamos en el grupo de los que no pertenecen a los herederos del reino de Dios, si no extendemos la mano a nuestros oponentes y, por lo malo que nos han hecho, les devolvemos un amor perdonador y paciente  (Mt.5:23 y siguientes). En este aspecto, Dios es inexorable en sus demandas y tiene derecho de serlo. Porque cuando nosotros éramos sus enemigos Él nos perdonó todo en Jesús. Nosotros le causamos continuamente problemas con nuestros pecados, mucha más aflicción de la que cualquier persona podría causarnos a nosotros y Él continúa soportándonos. Él nos ama y responde a la tristeza que le causamos con amor y nos otorga pródigamente sus buenas dádivas.

            Por eso no hay nada que provoque más la ira de Dios contra nosotros que cuando peleamos contra otros, en vez de ser bondadosos con ellos y cubrir sus errores como Él cubrió los nuestros. Por  ese motivo el terrible castigo de Dios nos tocará. Él nos excluirá de su reino, aunque habíamos participado de éste por medio del perdón de Jesús. Entonces iremos al reino donde morarán los que vivieron aquí en la tierra con odio, envidia, mentiras y discrepancias. Por tanto, abramos nuestros ojos y veamos la clase de obras que estamos sembrando por medio de nuestros pleitos.

            Es necesario deshacernos de la tendencia a luchar ya sea en lo que tiene que ver con herencias, matrimonio o derecho, o en lo relacionado con enseñanzas y doctrinas espirituales. ¿Qué podría ayudarnos más en esto que mirar de nuevo la imagen de Jesús? Él fue el Príncipe de Paz, el Pacificador, que no injurió cuando fue injuriado, que no amenazó cuando sufría, sino que confió la causa a Aquel que juzga justamente (1 P.2:23). Él reaccionó como un Cordero, amontonando así ascuas de fuego del amor sobre las cabezas de quienes lo torturaron hasta la muerte. Él quiere invitarnos a seguirlo en este camino. Si lo seguimos pertenecemos a Él aquí y en la eternidad. Entonces Satanás no tendrá derecho sobre nosotros.

            Que las palabras de la Escritura sean obligatorias para nosotros: “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien el mal” (Ro. 12:21). Demos el primer paso, que consiste en acudir ante nuestro hermano y reconciliarnos con él cuando se trata de cuestiones de índole personal, o estrechemos con amor la mano de un hermano que esté en un campo cristiano diferente pero bajo la misma cruz de Cristo, respetando sus opiniones, mensajes y directrices, aunque sean diferentes a las nuestras. De lo contrario, perderemos el reino de Dios a pesar de todos los esfuerzos que hagamos a favor de él. Porque los que cuestionan y demandan que se les concedan sus derechos nunca heredarán el reino de Dios.

            Por tanto roguemos a Jesús: “Permíteme reconocer mi pecado secreto de entrar en pleitos, discusiones y disensiones”. Él nos contestará y nos permitirá ver nuestro propio pecado. Entonces ya no utilizaremos más la espada para arremeter contra otros sino contra nosotros mismos. Jesús vino como el Amor eterno y en la cruz ganó la victoria sobre el odio y las peleas.  Él también vencerá en nosotros, si queremos ser libres de este pecado. Esta victoria es válida para todo aquel que la reclame por fe.

Oraciones de Victoria

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