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Cuando un grupo de guerreros de oración rodea incesantemente en el espíritu alguna fortaleza enemiga, tal como los israelitas marcharon alrededor de las murallas de Jericó; y confían en la victoria de Cristo en el Calvario y la proclaman como invencible grito de guerra, ocosas tremendas acontecen. Por la fe se “conquistaron países” (Hebreos 11:33). Por la fe caen fortalezas de las tienieblas, también en nuestros días.

Vivimos en un tiempo en que el ocultismo se extiende por todo el mundo. Las prácticas ocultistas, como sesiones espiritistas, conjuros, juegos invocando espíritus, embrujos, maldiciones y uso de remedios dudosos, han aumentado considerablemente. Los medios de comunicación masiva se hallan inundados con temas de este tipo. El entrar en este mundo sobrenatural es visto como algo sensacional y de valor positivo, en el cual  hay muchas cosas nuevas por descubrir.

En la Biblia leemos que todas las prácticas del ocultismo son abominación al Señor. “Que nadie de ustedes ofrezca en sacrificio a su hijo haciéndolo pasar por el fuego, ni practique la adivinación, ni pretenda predecir el futuro (incluye leer horóscopo), ni se dedique a la hechicería ni a los encantamientos, ni consulte a los adivinos y a los que invocan a los espíritus, ni consulte a los muertos. Porque al Señor le repugnan los que hacen estas cosas” (Deuteronomio 18:10-12). Cualquiera que se arriesga, a practicar el ocultismo se expone a un peligro inminente.

Aunque esto sea una realidad, recordemos que tenemos un refugio seguro: ¡Nuestro Señor Jesucristo! Aquellos que le invocan, quedarán libres de tales maldiciones. Quienes verdaderamente creen en Jesucristo como su Salvador  y tienen una correcta relación con Él, pueden anular los efectos de estas maldiciones, al clamar por la sangre de Jesucristo. Su sangre es un escudo que nos protege de los ataques del enemigo. Satanás huye cuando nos ve bajo la cruz de Jesús invocando la sangre del Cordero allí derramada. Podemos asegurar que existe un poder cuando invocamos y alabamos la virtud de la sangre del cordero.


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