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El reino de Dios es como un tesoro escondido en un terreno. Un hombre encuentra el tesoro, y lo vuelve a esconder allí mismo; lleno de alegría, va y vende todo lo que tiene, y compra ese terreno. (Mateo 13:44)

 

En estos textos (tomados del libro y obtenibles como folletos), Basilea Schlink te muestra las bendiciones escondidas que puedes hallar en tus sufrimientos. Con mucha frecuencia no le encuentras sentido ni razón a los sufrimientos en tu vida, pero M. Basilea con el apoyo de la Palabra de Dios y basada en su propia experiencia al pasar por todos estos sufrimientos, te convence a mirar con nuevos ojos estos momentos de dolor

Tú necesitas ayuda. La vida te ha llegado a ser insoportable a causa de relaciones difíciles con otras personas. Quizás es tu cónyuge, tus hijos, compañeros de trabajo o vecinos. No puedes ver ninguna solución o salida. Pero, para este sufrimiento, Dios tiene una “medicina espiritual” que te traerá ayuda y sanidad. Lo he experimentado por mí misma.

Durante un tiempo viví con una persona conocida como “histérica”. Por causa de su egoísmo, envidia, posesividad y rebeldía, esta mujer vivía infeliz y afligida, no era capaz de ver nada de forma objetiva o con una correcta perspectiva. Todo lo torcía. Las acusaciones y los ataques de rabia estaban a la orden del día. Y yo, apenas podía soportarlo por más tiempo. Empecé a sentir amargura y estuve tentada de rendirme. Perdimos toda forma de comunicarnos y se abrió una brecha, que parecía imposible de restaurar. Todos opinaban que nada podría sanar esta relación. Pero entonces, milagrosamente, algo sucedió.

En mi aflicción, clamé al Señor que me ayudara. Y, de repente, fue como si el dedo de Dios me apuntara a mí y no a la otra persona:

Eres tú la que tiene que cambiar. Crees que la culpa es sólo de la otra persona. ¿Acaso no puede ser, también, tu culpa? Uno de los mandamientos más importantes dice que debes amar a tu prójimo como a ti mismo. ¿Dónde está tu amor por ella, que es tu prójimo? El amor no toma en cuenta el mal recibido. Y, en ti, no he visto un amor que perdone, aunque vives de Mi amor que perdona tus fallas y pecados. Comienza ahora a orar, pidiendo la gracia del arrepentimiento, por este gran pecado de amargura y falta de perdón.

Desde ese día en adelante oré pidiendo un profundo arrepentimiento. Durante las siguientes semanas y meses separé 20 minutos cada mañana para hacer esta oración.

Luego llegó otro de aquellos días de prueba. Todavía puedo recordar el lugar en que estábamos, cuando nuevamente toda la ira de esta persona cayó sobre mí. Y, para mi asombro, me di cuenta de que yo reaccionaba de un modo diferente. En vez de cerrar mi corazón defendiéndome, pude sentir un amor compasivo y la misericordia fluyendo de mi corazón. Tomé a aquella persona en mis brazos y le di un beso, de tal forma que se detuvo y me miró llena de asombro. Desde ese día, las cosas cambiaron.

En Su misericordia, el Señor había comenzado a obrar en mí, con la gracia del arrepentimiento. Esto me acercó a mi Señor Jesús como nunca antes, como una pobre pecadora, necesitada de Su gracia. Él hizo algo nuevo en mi corazón, dándome un amor misericordioso para aquella persona que me hizo la vida tan difícil.

Se había producido un cambio, como en un escenario giratorio. Ya no era “la otra persona quien tenía la culpa”, sino yo, quien había fallado. Así pude y tuve que pedirle perdón, y esto abrió su corazón. Con el tiempo, nuestra relación mejoró y, ella misma, cambió mucho.

No hay nada como el principio del “escenario giratorio” para transformar relaciones. No sólo veo lo que la otra persona hace y el modo en que se comporta conmigo; sino que, de repente, el escenario gira y puedo ver mi propia falta, veo que yo soy la culpable.

Cuando clames al Señor, en medio de tu aflicción, experimentarás lo mismo; porque Él es el mismo Dios y Padre. Si seguimos pidiéndole un corazón arrepentido, Dios escucha nuestra oración y nos lo da. Esto nos lleva más cerca de Jesús porque nada nos une más con Él que acercarnos a Su cruz, como pecadores penitentes. Allí recibimos Su perdón, y Su sangre derramada también limpia y ablanda nuestro corazón.

Esto llena de gozo el corazón de Dios y El, luego, derrama este gozo en nosotros. Jesús, en Su amor, se acerca al alma que reconoce humildemente su pecado, delante de Dios y del prójimo. Nos llena de gozo y paz. Mientras que, cuando acusamos a los otros nos sentimos infelices, afligidos y sin paz.

Sí, sólo podemos alabar a Dios por permitirnos llegar hasta el final de nuestros recursos, en nuestras relaciones con los demás y por iluminarnos para poder ver nuestras culpas y pecados. Así llegamos a conocer Su compasión, Su amor y perdón infinitos. Por medio de ese sufrimiento Dios quiere darnos Su más precioso don del amor.

Si Dios consigue llenar nuestro corazón de amor, de un amor misericordioso por nuestro prójimo, por aquél que “nos es una carga”, entonces seremos las personas más felices; porque nada puede hacernos más felices que amar a los demás. Y, como almas amorosas, entraremos en Su Reino de amor y gloria, en el cielo.

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento 108 pp.
Si Yo Amara Solamente a Jesús, La Historia de la Hermana Claudia 32 pp.
Hermandad Evangélica de María

Se puede conseguir este texto en forma de folletos. Contáctenos.

Estás enfermo y con mucho dolor. También estás sufriendo emocionalmente porque tu enfermedad te ha apartado de tu vida familiar y de actividades que te satisfacían. Deseas trabajar pero no puedes, estás impedido. Piensas que eres una carga para otros, dependes de su ayuda. De repente tu vida consiste en dolor y sufrimiento. No puedes realizar las actividades de una persona sana.

Quizás, muchas veces, tuviste la esperanza de ser sanado. Alguien te puso en contacto con un buen doctor para un tratamiento o para una medicina especial. O quizás oraste mucho pidiendo sanidad, esperando que el Señor te sane. Pero, aun cuando no se ve una cura aparente y sólo puedes sufrir pacientemente, hay un precioso tesoro escondido en la enfermedad.

Podemos verlo en la vida de la adolescente Joni que, debido a un accidente en el agua, quedó parapléjica. Después de complicadas operaciones y largas estadías en el hospital, se vio postrada en una silla de ruedas para el resto de su vida. Hoy depende completamente de los demás. Como resultado de todo esto, llegó a tener un vínculo de fe, más profundo, con Jesús. Al aceptar la voluntad de Dios, aprendió a vencer esta severa incapacidad. Su testimonio, ya escrito y fi lmado, viaja por todo el mundo. “Prefi ero estar en esta silla conociendo a Jesús, que sobre mis propios pies sin conocerlo”. Cuando oyes hablar a Joni, puedes sentir que ella es feliz, la ves radiante. Sí, ¡las pruebas de la enfermedad son pequeñas en comparación con el gozo que entra en nuestras vidas cuando Jesús signifi ca todo para nosotros!

Lo importante es que Dios sea glorifi cado en nuestra vida y esto puede suceder de distintas maneras. Por la oración y la imposición de manos, Dios puede otorgarnos la sanidad, como he experimentado varias veces (Santiago 5.14-15). Pero también hubo veces en las que el Señor no intervino y tuve que probar la copa amarga de la enfermedad. En tales casos, el Señor se glorifica cuando soportamos, como Joni, nuestra enfermedad en completa sumisión a Él. Esto redundará en gran bendición para nosotros y para otros, demostrando quién es Dios y lo que puede hacer. Así, Él atraerá a muchos hacia Su amor.

¿Qué fue lo que me confortó y me proporcionó una bendición inolvidable, durante una seria enfermedad que me mantuvo en cama por meses? Al frente de mi cama estaba colgada una cruz. Era como si Jesús me estuviera diciendo: “¿No te entregaste a seguirme en el camino de la cruz? Yo soy el Varón de Dolores, afl igido y cubierto de heridas. Ahora tienes la oportunidad de compartir Mi camino.” Durante esta enfermedad, Jesús se acercó a mí y llegué a conocerlo más íntimamente como el Varón de Dolores. Mi amor por Él aumentó, y así también, mi gratitud por Sus sufrimientos.

Este largo período de enfermedad me enseñó a rendir mi voluntad, semana a semana, cuando todavía no había señal de mejoría. Descubrí que la enfermedad puede ser un proceso de purifi cación enviado por nuestro Padre celestial, que nos dice: “Practica ahora la paciencia y más tarde serás capaz de perseverar pacientemente en toda clase de problemas y sufrimientos. Llegarás a ser fuerte rindiendo constantemente tu voluntad a Dios, y así serás transformado a la imagen de Jesús, cuyo alimento era obedecer la voluntad de Dios.” (Ver Juan 4.34)

¡Cuán agradecida me sentí por la oportunidad de practicar mi paciencia! Según aprendamos a ser pacientes y a someter nuestra voluntad a Dios, confiando en Él, permaneceremos en paz en situaciones de afl icción. Descansaremos en la seguridad de que Su corazón y voluntad no son otra cosa que amor y bondad, y buenos los caminos por los que Él nos conduce.

Superaremos las difi cultades, sabiendo que la bendición y la gloria de Dios están escondidas en ellas. Porque Dios es Amor, quiere bendecir y no perjudicar a Sus hijos (Jeremías 29:11). Todo, inclusive la enfermedad, sirve para nuestro bien, y esto sucede cuando rendimos nuestra voluntad a Dios. Si no nos rebelamos ni resistimos, nada impedirá que Su bendición se derrame sobre nosotros.

Cuántas personas han dado testimonio de que, aún encontrándose bien, fueron envueltas por su trabajo, por su familia y la actividad diaria; perdiendo así la comunión en el vínculo con el Padre celestial y con Jesús durante el día. Y, cuando llegó una situación de enfermedad hubo, de repente, un encuentro con Dios. Se confrontaron con la santidad de Dios, especialmente en el caso de enfermedades terminales. Hubo un despertar espiritual en sus vidas, una convicción de pecado, un reconocimiento de que se habían distanciado de Dios y no habían vivido como discípulo de Jesús en pensamiento, palabra y acción. Llegaron al arrepentimiento, confesaron sus pecados, y experimentaron un cambio de corazón e incluso una total renovación de sus vidas. Muchos han compartido: “Todo fue gracias al sufrimiento que Dios permitió que soportara. Esta enfermedad me ha traído incontables bendiciones”.

La enfermedad no es sólo una ocasión para obrar arrepentimiento en nuestro corazón, sino también para llevarnos más cerca de nuestro Señor Jesús. Nos puede pasar cuando nos damos cuenta cuán rápidamente se desvanece el amor humano. Tal vez vemos que somos una carga para otros. O amigos o colegas pueden olvidarnos. Eso duele. En tales momentos Jesús está a nuestro lado, diciendo: “Vuélvete más hacia Mí, búscame. En Mí encontrarás todo lo que tu corazón anhela.” Jesús vino para que podamos tener vida en abundancia (Juan 10:10). Los tiempos de enfermedad pueden ayudarnos a profundizar nuestro amor por Jesús, como también llevarnos a experimentar, aún más, Su amor.

Los tesoros escondidos en la enfermedad parecen no agotarse. Cuando nos enfermamos y sufrimos físicamente, nuestra compasión crece y podemos entender mucho mejor a los demás que también están enfermos y que no se sienten bien. Piensa en todas las personas enfermas que han sido de bendición con su oración intercesora, consejos y testimonios que animan. El tener más tiempo para Dios les hizo más sensibles para Él, y les ha acercado más a Su corazón. Su Presencia ha transformado sus lechos de enfermo en un oasis espiritual para los que están a su lado.

Sí, la enfermedad es una forma de sufrimiento, y a menudo muy dura, pero por esta misma razón, la bendición también es muy grande, y preciosos tesoros reposan escondidos en ella. Un himno dice: “Oh sufrimiento, ¿quién es digno de ti? Aquí pareces ser una carga; en el alto cielo, se te verá como un privilegio que no todos han podido tener”. Incluso, en esta vida, una persona enferma que acepta en amor la voluntad de Dios, puede tener un anticipo del cielo, y en la vida venidera, le espera la gloria eterna.

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento,
118 pp., por M.Basilea Schlink

Se puede conseguir este texto en forma de folletos. Contáctenos.

Cada vez que visitaba a un anciano pariente mío, le preguntaba cómo se sentía. Su respuesta era un eco de su sufrimiento, porque estaba envejeciendo, y decía: “Todo se está deteriorando. Mi vista, mi oído… todo está llegando a su fin”.

¡Es difícil cuando las facultades declinan! Éste fue un hombre inteligente, tenía un lugar de prominencia en círculos intelectuales, pero ahora ni siquiera podía seguir los acontecimientos de actualidad, ni leer los diarios. ¡Qué humillación! Quería entender, pero no podía.

Decía con tristeza: “¡Mi memoria está fallando!” Durante 80 años este pariente fue bendecidocon una memoria excepcional, que luego comenzó a declinar, no pudiendo expresarse más como le hubiera gustado, porque los hechos se le escapaban. En muchos temas ya no era capaz de participar de la conversación.

Antes, sus movimientos eran rápidos; ahora sólo podía moverse con dificultad, apoyándose en alguien o en algo. Necesitaba ayuda constantemente. Él experimentaba las frustraciones que pasamos los seres humanos cuando nuestras facultades decaen.

Muchos adultos mayores también sufren emocionalmente. A menudo están solos; su cónyuge ha muerto; sus hijos viven en otros lugares con sus propias familias; muchos de sus amigos y conocidos ya han fallecido. Y… ¿quién se preocupa realmente por un anciano? Muy pocos reciben amor.

Sí, envejecer es una forma de padecimiento. A menudo va acompañado por diversas incapacidades. Con los años hay que enfrentarse al hecho de tener que hacer las cosas más despacio y reducir las actividades. Y esto puede producir, en la persona, resentimientos y rebeldías, dificultando la vida para sí misma e incomodando a los que la rodean. Como expresa el dicho: “Hacerse viejo con gracia es un arte que no todos dominan”.

No obstante eso, el arte de envejecer no sólo se puede dominar sino que también puede otorgarle un brillo especial a la persona que avanza en edad. Dios quiere transformar este sufrimiento en bendición, incluso aun más… en una verdadera gloria.

Este anciano pariente mío fue testimonio vivo de esta transformación. Al tener tiempo para meditar y orar, por causa de sus disminuidas facultades, podía considerar una y otra vez cómo había sido su vida ante los ojos de Dios. Entonces, para mi asombro, cada vez que le visitaba, podía oír cómo el Señor le mostraba siempre algo nuevo que no había estado bien en su vida. Por ejemplo, una vez me dijo que sus muchas habilidades le habían hecho orgulloso y ambicioso, y que estaba agradecido de que todavía tenía tiempo para arrepentirse de ello. En gratitud a Dios él quiso aceptar, gustosamente, el proceso de humillación, por el cual el Señor le estuvo llevando para purificarle. Se humilló bajo la poderosa mano de Dios y Él lo llenó de la gracia del arrepentimiento por cada cosa que en el pasadono había estado bien. ¡Que diferente era ahora su vida!

Antes fue un líder muy respetado y escuchado, ahora mientras sus energías y habilidades disminuían, llegó a ser más y más humilde y agradecido hasta por el más pequeño de los servicios que le hacían.

Ahora que sus capacidades estaban disminuyendo, sus facultades espirituales crecían año tras año. Era notable, cuando oraba, parecía como si tuviera la mejor memoria de todos. Traía ante el Señor todas las necesidades de aquellos en su corazón, como también los pedidos de oración de varios ministerios cristianos.

Sí, cuando el hombre exterior con todos sus dones y habilidades mengua, el hombre interior puede ser renovado progresivamente (ver 2a Corintios 4.16). En la misma medida en que los dones y habilidades humanos disminuyan, los dones espirituales emergen y se hacen cada vez más fuertes. Pero hay un requisito: tener fe en nuestro Señor Jesús. Si creemos en Él, tenemos vida eterna, es decir vida divina.

¡Qué bendición, envejecer! ¡Qué preciosa oportunidad para que la gloria de Dios pueda brillar! Así, este anciano llegó a ser el foco de vida5 espiritual para muchos que vinieron a pedirle oraciones o su bendición. En lugar de haber sido dejado de lado, sin ninguna misión que cumplir y sin propósito en la vida y siendo una carga para los demás, este hombre se convirtió en un canal de bendición para innumerables personas por cuanto Jesús estaba vivo en él. Cada vez que el Espíritu Santo le hizo recordar cualquier cosa del pasado que aún había que tratar, este hombre se arrepentía y pedía perdón al Señor, entonces Jesús pudo ser glorificado y él mismo fue bendecido con autoridad espiritual.

La voluntad de Dios es que, en la tercera edad, las personas rebosen manantiales de gozo eterno. Sí, la vejez puede traer gozo verdadero, ya que todos los que aman a nuestro Señor Jesús, se alegran con la alegría anticipada del que sabe que: Pronto Le veré. Pronto estaré en mi hogar eterno, en el reino de paz, amor y gozo eternos, en la Ciudad de Dios, donde podré vivir en la mayor dicha. Dios quiere impartir este gozo a aquellos que sobrelleven las pruebas y aflicciones de la tercera edad, en comunión con Él.

Hay una cosa que no debemos hacer: rebelarnos en nuestro corazón contra los padecimientos de la ancianidad. La rebelión nos separa de Dios y Le impide derramar Su vida divina en nosotros.

Pero aquellos que aceptan los sufrimientos que la tercera edad entraña y rinden su voluntad a Dios, experimentarán la realidad de Su promesa: “Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad” (2 Corintios 12.9). Y, ¿cuál es este poder? Es el poder del amor, del gozo, de la oración y de la autoridad en el Señor. Todo esto va a ser nuestro en la ancianidad. Es una maravillosa perspectiva para los años que se nos avecinan.

¡Oh, si cada uno de nosotros rindiera su vida, sin reservas, a Jesús en todo lo que somos y tenemos y Lo amara por encima de todas las demás cosas! ¡Vale la pena! El gozo y la felicidad habitan en aquellos en quienes Jesús ha hecho Su morada. Ellos Lo reflejan, traen gozo a los demás y viven en una bendita expectativa del día en que el Señor los llame al hogar celestial. En Jesucristo tienen todo lo que necesitan y desean.

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento,
118 pp., por M.Basilea Schlink

Se puede conseguir este texto en forma de folletos. Contáctenos.

¿Te persiguen las preocupaciones a toda hora? ¿Atraviesas dificultades? ¿Situaciones delicadas? ¿No ves una solución? ¿Cómo quitar la montaña de preocupaciones? ¿El peso del trabajo te está deprimiendo y temes no poder arreglártelas, por la falta de tiempo y fuerzas? ¿Atraviesas estrechez financiera? ¿Estas preocupado por tus hijos, por los problemas que están afrontando en su crecimiento y las dificultades para recibir una educación adecuada? Éstas y mil preocupaciones más podrían estar oprimiéndote.

Aun cuando nuestras preocupaciones parezcan comprensibles, debemos pedir al Señor que nos muestre si la causa somos, o no, nosotros mismos. Algunas personas se pierden en medio de ansiedades, cuando sus deseos y demandas no se cumplen. Consideran que estos deseos son esenciales, cuando en realidad no lo son. Algunos se sienten muy frustrados cuando no logran conseguir cierta posición en su empleo o en otras áreas de la vida por las que se han esforzado tanto.

Una pregunta puede ayudarnos: ¿Es la voluntad de Dios que me sienta inquieto por este asunto en particular? O, ¿me estoy preocupando porque quiero algo que no debo tener y que no me beneficia? Con qué facilidad se pueden resolver los problemas de esta naturaleza, si sometemos nuestra voluntad a Dios. Lo que Dios no me dé no lo quiero tener, porque por el hecho de que Él es Amor, siempre me guiará por los mejores caminos. Si Dios tuviera un camino mejor para mí, me habría llevado por él.

No obstante, hay preocupaciones que se hallan en otro plano, y que son realmente comprensibles, especialmente cuando se trata de personas cuyo cuidado se nos ha confiado. Por experiencia propia, sé cuán pesada puede ser esa carga. En cuanto a esto también el Señor me ha mostrado que la solución radica en estar seguros de que todas las dificultades y problemas que nos acosan no escapan a Sus propósitos eternos. Como un Padre amoroso que ha planeado todos los detalles de nuestras vidas, Él ha permitido que surjan esas dificultades, pero al mismo tiempo también ha provisto la solución, porque un verdadero padre nunca deja a su hijo sin ayuda.

Tan pronto como puse mi confianza en Su cuidado amoroso, pude dar gracias y decir: Tú tienes la solución. Si te pido que me la muestres, yo sé que Tú la pondrás en mi corazón y en mi mente. Y luego, a menudo y en seguida, se encontraba una solución.

Por eso, cuando enfrento una dificultad, empiezo a alabar a nuestro Padre Celestial, por ser Quién es: un Padre que nos ama y sabe lo que necesitamos, y Le digo o canto versos:

Sí, confío en Ti, Padre,
yo confío firmemente:
Tienes Tú la solución.
Sí, confío en Ti, Padre,
yo confío firmemente:
Tú de todo cuidarás.
Sí, confío en Ti, Padre,
yo confío firmemente:
el camino mostrarás.
Sí, confío en Ti, Padre,
yo confío firmemente:
la ayuda, sí, vendrá.

Según expresaba mi confianza en Dios, un cambio se producía en mí. Al alabar y dar gracias a mi Padre Celestial, yo tenía la seguridad de que la ayuda vendría, y…siempre llegaba.

Que esto te anime cuando te veas confrontado por tus diversas responsabilidades. Tal vez ahora mismo no sabes cómo deberías actuar en una situación, cómo aconsejar a tus hijos, cómo resolver un problema complejo. Entonces… ¿por qué no tratas de expresar tu confianza en Dios? Descubrirás como montañas, incluso “montañas de preocupaciones”, se derriten como la cera ante el Señor (Salmo 97.5).

Dios es el Todopoderoso. Una sola palabra Suya puede cambiar personas y circunstancias. Puede cambiarlo todo. Nada es demasiado difícil para Él, y Él hará todo lo que esté en Su Poder para ayudarnos, porque somos Sus hijos, en Jesucristo, y nos ama. A menudo se trata solamente tener un poco de paciencia y esperar, pero lo que es cierto es que Él nunca llegará tarde con Su ayuda.

Cuando se amontonan preocupaciones, el factor decisivo es acudir a Dios, mi Padre, como lo haría un niño. Jesús dijo: “¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan?” (ver Lucas 11.11).

Hace muchos años, el Señor me dio este versículo bíblico para nuestra comunidad en una situación muy difícil. Durante semanas cantamos este versículo después de almorzar: “¿Qué padre entre ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¡Ningún padre lo haría!” Yo contaba con que el Padre celestial enviaría la ayuda prometida. Y realmente lo hacía, aunque todo parecía completamente imposible. Como un milagro ante nuestros ojos, la montaña de preocupaciones se desmoronaba.

Cuando las preocupaciones amenazan con hundirnos, necesitamos “tomarle Su Palabra” a Dios, contar con eso y recordarle siempre Su promesa de ayuda. “Esto es lo que Tú prometiste, y Tú harás lo que dices porque eres fi el. Por fe aguardo el momento en que veré mis problemas resueltos y todas mis preocupaciones desvanecidas. Nada es imposible para Ti, incluso en situaciones humanamente imposibles.”

Dios siempre tiene una vía. Él puede ayudarnos en cada situación, y hará que se cumpla esta promesa de Su Palabra: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque Él se interesa por ustedes” (1 Pedro 5.7). Sí, El se ocupa de nosotros, en cada situación.

Y por tanto me gustaría animarte a confiar en el Padre. Cambia la dirección de tus pensamientos. No te enfoques en las dificultades, imposibilidades, problemas o personas. En lugar de eso, fija tu pensamiento en tu Padre Celestial, en Quién es Él y en como se ha comprometido a ayudarte y a darte la solución, porque te ama.

Vuélvete a Dios, tu Padre, y comienza a agradecerle que como hijo suyo, puedes acercarte a Él con todas tus preocupaciones. Y así, cuando estés en medio de problemas y dificultades podrás decir:

¡Como te lo agradezco, Padre mío!
Tu ayuda vendrá con seguridad.
No me abandonarás, sino que proveerás
la solución a mis problemas.
¡Qué privilegio ser un hijo tuyo,
a quien amas y a quien vas a ayudar
en el momento más oportuno!

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento,
118 pp., por M.Basilea Schlink

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Te sientes solo, y apenas lo puedes soportar. La muerte se ha llevado a la persona que amabas, que significaba todo para ti. O quizás tu matrimonio se ha roto y te has quedado solo y con mucho dolor. Tal vez estás soltero y sin amigos a tu alrededor. O eres un adulto mayor y te parece que nadie te quiere ni te necesita. Cualquiera sea la causa, sufres la amargura de la soledad. Sé cómo te sientes, porque yo también he pasado por tiempos de soledad.

Hace años, mientras llevaba una vida llena de actividad y de significado como la “madre espiritual amada y necesitada” por una enorme familia de hermanas, repentinamente el Señor me llamó a una vida de oración. Por amor a Él yo debía abandonar este feliz compañerismo y pasar largos períodos de retiro, consagrándome enteramente el Señor en la oración y más tarde escribiendo lo que Él me encargaba que compartiera como testimonio espiritual. Acepté esta dirección del Señor, sin darme cuenta de lo dura que es la soledad.

Ahora estaba separada de lo habitual de nuestra vida feliz en comunidad, sin alguien con quien conversar ni compartir. En vez de participar en reuniones y celebraciones especiales, en la alabanza y la adoración, me quedaba sola en mi cuarto. Ya no estaba presente cuando se tomaban decisiones importantes en relación con nuestra comunidad y nuestro ministerio. Y, cuando parecía que también el Señor Jesús estaba lejos de mí, la soledad carcomía mi corazón. Sé cómo la soledad puede oprimirte el corazón como una bestia salvaje que te aferra y te quiere devorar y cuán desesperado puede hacerte sentir. Harías cualquier cosa para salir de la prisión de tu solitaria existencia.

Entonces algo sucedió y transformó este sufrimiento en “mi ganancia”, ya que hizo nacer algo maravilloso. Un día el Señor me dijo: “Tú anhelas el amor de las personas y el compañerismo con ellas. Ámame aún más y así me traerás consuelo y gozo, y al mostrarme amor serás más feliz, y tu vida será más rica por ello.”

Con una canción tras otra, expresé mi amor al Señor, deseando servirle y alegrar Su corazón. Quise consolarle pues Él sufre el rechazo de muchos, aunque entregó Su vida, por todos nosotros, en la cruz. Canté canciones como ésta:

El corazón de mi Jesús debe ser consolado,
hoy, en todo Su inexpresable dolor.
Despierta, alma mía, comienza a cantar;
¿qué consuelo has traído para Él?

Yo le consolaré, y voy a permanecer
a Su lado siempre en el sufrimiento;
no le dejaré ni una sola hora,
quizás esto puede traerle consuelo.

Le consolaré, dándole gracias
por todas las bendiciones en mi vida
que Él me ha dado en Su amor.
¡Oh, que esto alegre a mi Señor!

Yo le consolaré, y Su corazón deleitaré
con canciones de amor en la noche más
oscura. Tal fidelidad tocará Su corazón
y un dulce consuelo le dará.

El hacer esto me consoló profundamente. Jesús se acercó a mí, y en la soledad experimenté una profunda intimidad con Él. Ni siquiera en los momentos de compañerismo humano más felices, que tuve con otras personas, experimenté un gozo tan profundo como éste. Tampoco sabía que esta unión con Él resultaría una bendición para otros, pues el sacrificio produce vida, vida espiritual. Tuve el privilegio de compartir algunas de las cosas, que Jesús me reveló en la quietud de Su presencia en los tiempos de retiro. Con este sacrificio de estar sola, pude mostrar a Jesús mi amor, y Él obró en mí, una transformación. Mi corazón se llenó de paz y alegría.

Todos hemos de experimentar esto de una forma u otra, porque el Señor, en Su amor, ha planeado momentos de soledad para nosotros, no para provocar amargura o infelicidad, sino para que le busquemos y nos acerquemos más a Él. Jesús está esperando que “le busquemos y encontremos”, para entregarse a nosotros y llenar nuestro corazón de Su paz y de Su gozo en abundancia. Descubriremos que cada camino viene de nuestro amoroso Padre celestial. Es parte de un plan sabio y nos llevará a una maravillosa meta. Por cada pérdida que sufrimos por el Señor, recibiremos mucho más y experimentaremos, abundantemente, el amor de Jesús.

Sólo una cosa tienes que hacer: dale tu amor a Jesús. Él te ama tiernamente y espera que le ames. Ámale y tu soledad se transformará en intimidad con Él. Ámale y serás feliz. Ámale y tu alegría por Su presencia, te inspirará a mostrar amor a los demás –por ejemplo, orando por ellos– y así ya no tendrás tiempo para pensar en lo solo que estás. Amando a Jesús y a tu prójimo, tu vida será fructífera por toda la eternidad.

Alguien está siempre conmigo –nunca estoy
solo. Jamás me olvida, pues soy suyo.

Alguien nunca me va a desamparar,
y en su amor siempre puedo confiar.

Alguien siempre escucha mi voz,
es tierno y comprensivo, fiel y veraz.

Alguien me pregunta: ¿Me amas a Mí?
Pues mi amor es muy valioso para Él:
Es Jesús, mi Señor y Salvador.

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento 108 pp.
Si Yo Amara Solamente a Jesús, La Historia de la Hermana Claudia 32 pp.
Hermandad Evangélica de María

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El temor a la muerte parece ser el más grande de todos los miedos. Cuán a menudo se oye decir: “El diagnóstico es cáncer. Probablemente este paciente no vivirá mucho tiempo.” O, has alcanzado una edad en que sabes que la muerte puede estar más cercana. En las calles, la muerte cobra vidas todos los días. ¿Quién puede saber si su próximo viaje en un vehículo será el último que haga? La violencia, las revueltas, la guerra, y catástrofes naturales hacen insegura la vida. La muerte está acechando por doquier.

Jesús sabía plenamente las implicaciones de la muerte. Después de la muerte de Lázaro, Él se acercó a las entristecidas hermanas, profundamente conmovido y turbado. Y al dirigirse a la tumba, Jesús lloró (Juan 11:33-38). En el huerto de Getsemaní, Él personalmente luchaba contra la muerte, es decir, contra el príncipe de la muerte. Él derramó lágrimas y sudó gotas de sangre, Su rostro refl ejaba el horror que sentía.

Con razón, nuestros antepasados escribían en sus libros de contabilidad las palabras “Memento mori” (Recuerda que tienes que morir). La muerte es el acontecimiento más decisivo de nuestra vida, porque ésta llega a su fin.

¿Por qué tememos a la muerte? No es simplemente el hecho de que nos arranque de esta vida, sino el temor y la incertidumbre de lo que venga después. “¿Dónde me despertaré? ¿Donde me encontraré luego? ¿Qué me espera al otro lado?”

Nunca olvidaré la partida de nuestra hermana Claudia. Con apenas 35 años, rebosante de vida, nunca enferma, con un contagioso gozo y un amor ferviente por Jesús, de repente fue aquejada de una enfermedad grave durante su servicio en Italia. Volvió a la Casa Matriz y la enviamos a una clínica especializada. Pocos días después nos dijeron los médicos que ya no podían hacer nada más por ella. Sus días estaban contados. Con corazones temerosos tuvimos que darle la noticia, pero… ¿qué pasó cuando entramos en su cuarto? Nos recibió con una radiante sonrisa, que no parecía de este mundo. El Señor Jesús había venido a visitarla, haciendo reposar sobre ella el brillo del cielo. Una insinuación del doctor le había confi rmado lo que el Señor le mostró durante su viaje de vuelta de Roma. Escribió en su diario:

El avión volaba en dirección al sol. De repente me pareció como si el Señor estuviera preguntándome:¿Y si esta enfermedad te lleva a la muerte?” ¡Oh, Jesús, en este momento llenaste mi corazón con un anhelo tan infi nito que apenas puedo contener el gozo de que pronto, muy pronto te veré; ¡muy pronto te abrazaré! ¿Será este viaje a casa un viaje que me lleve a los brazos de mi Señor?

Enfrentar la muerte, como también pasar por el valle oscuro de la muerte, se puede transformar en gozo –sí, en eterno gozo y gloria. Pero, ¿para quién? No para todos. No importa quiénes somos, Satanás tendrá derechos sobre nosotros si criticamos, y vivimos en disputas, resentimientos y sin reconciliación, o dando lugar al odio en nuestro corazón. La Biblia advierte que nadie que persiste en tales cosas entrará en el Reino de Dios (Gálatas 5:19-21).

Cosecharemos de acuerdo a las semillas que hemos sembrado en esta vida. Al morir entramos en otro mundo y comparecemos ante Él, que es el Juez de los vivos y de los muertos. Pablo se dirigía a los creyentes cuando escribió: “Porque todos tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o lo malo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo” (2ª Corintios 5:10). La muerte nos llevará inevitablemente a un lugar donde tendremos que rendir cuentas de toda nuestra vida –por nuestros pensamientos, palabras, obras y acciones.

De cara a la muerte no podemos esconder nada. Estamos completamente en las manos de Dios. Por esta razón muchos temen la muerte. Nadie puede atravesar, en lugar nuestro, el valle de la muerte.

Descartar simplemente el pensamiento de la muerte no es la forma de vencer tu miedo. Lo único que puede ayudarte es prepararte para la muerte. Recuerda que al acercarse tu hora fi nal, se decidirá tu destino. Por lo tanto, es importante pedir a Dios Su Luz, para que puedas reconocer tus pecados.

Él es misericordioso con los que se arrepienten y les permite entrar en Su Reino. Tu temor a la muerte desaparecerá cuando hayas confesado tus pecados y hayas recibido Su perdón. Así tendrás paz, una gran paz en este momento y, también, cuando atravieses el momento de tu muerte.

Jesús venció el poder de la muerte y, si creemos en Él, experimentaremos Su victoria y la gracia que Él ha ganado para nosotros. Escucha la voz de Jesús que te está llamando. Búscalo a Él.

Mientras estás en la tierra, vuélvete a Él con arrepentimiento, recibe Su perdón, y dale gracias porque murió por ti. Entonces Satanás perderá todo derecho sobre ti. Cuando mueras, no serás condenado, sino perdonado. La sangre de Jesús cubrirá tu culpa, y las puertas del paraíso se abrirán para ti, tal como aconteció al malhechor en la cruz, que se arrepintió y reconoció su culpa. Tendrás el privilegio de entrar en la morada celestial que Jesús ha preparado para nosotros (Juan 14:2).

Elige seguir el camino de Jesús, ámale sobre todas las cosas, y ama a tu prójimo, pues el amor a Jesús siempre incluye el amar a los demás. Entonces la muerte no solo perderá su terror, sino que sucederá algo maravilloso, que muchos han expe6 rimentado. Cuanto más cerca de la muerte estaban, tanto más cerca estaba el cielo. Se encontraban sumergidos en torrentes de gozo y felicidad y se llenaron de un sólo anhelo: Voy a estar con Jesús, Aquel a quien tanto amo.

La muerte es la puerta al Reino de gloria, a la plenitud de la vida divina, para aquellos que por amor a Jesús, siguieron Su senda de humildad, obediencia, y reconciliación, rindiendo su voluntad y confiando siempre en Él. Si podemos decir: “Para mí, el vivir es Cristo”, entonces el morir será ganancia (Filipenses 1:21). La vida divina no puede morir. Se manifestará en toda su plenitud cuando vayamos al Señor y veamos cara a cara, por toda la eternidad, a Aquel a Quien amamos sobre todas las cosas.

El temor a la muerte puede transformarse en gozo y bendición del cielo. ¡Qué Dios más maravilloso tenemos! ¡Qué tremendos milagros puede obrar, transformando el sufrimiento más profundo en el gozo más supremo! La muerte nos lleva al hogar celestial con Dios y a Su Reino de felicidad eterna.

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento 108 pp.
Si Yo Amara Solamente a Jesús, La Historia de la Hermana Claudia 32 pp.
Hermandad Evangélica de María

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