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¿Tienes situaciones difíciles en tu vida? ¿Conflictos con personas? ¿Necesidades sin resolver? La oración es el poder más grande del mundo pues puede mover la mano de Dios. Con la oración puedes cambiarlo todo: personas, hechos, necesidades y circunstancias.

Este libro resalta la importancia de tener no solo un “tiempito” con el Señor sino toda una vida de oración, una vida de comunión constante con Dios. Aquí un capítulo:

Conversación diaria con Dios

¿Cuál debe ser el contenido de nuestras oraciones diarias? Deben contener siempre la batalla de fe contra nuestro pecado, así como también la intercesión; el resto, no obstante, se adapta a cada situación. Va a depender de si estamos pasando por períodos áridos o fecundos de oración o de las necesidades por las cuales tenemos que orar o de si tenemos que luchar contra preocupaciones o dudas que quieren oprimirnos.

Sin embargo, esto no es todo. Orar significa que acercarse a Dios Padre y  a Jesús con todo nuestro ser para encontrarnos con el Padre y el Hijo; en la oración estamos conscientes del hecho de que Él está allí, que nos acercamos a Él para comenzar una conversación. Pero, ¿qué es la oración? ¿No es ella, sobre todo, un diálogo con Dios? Cualquiera puede tomar parte en una conversación con Él, porque cada niño puede hablar con su padre y abrirle su corazón. Así, como cada hijo puede comunicar todo a su padre, cada hijo de Dios tiene la libertad de contar a su Padre y a su Señor y Salvador Jesús todo lo que está en su corazón. Dios Padre se alegra cuando un hijo suyo viene a Él con todo lo que tiene. Jesús, nuestro Salvador y Médico, se alegra cuando el enfermo acude a Él con todo su dolor y como nuestro Novio celestial, Él se regocija cuando su novia se le acerca con palabras amorosas.

Qué gracia maravillosa que nosotros, simples humanos, podamos hablar con Dios, así como el Salmista lo proclama: “Derramad delante de Dios vuestro corazón” (Salmo 62.8). Debemos derramar ante el Señor todo lo que conmueve nuestro corazón: cada desilusión, cada prueba y tentación que no podemos vencer, problemas con otras personas, toda nuestra carga. Cuando le decimos todo a Jesús, escucharemos sus respuestas a nuestras oraciones. Dichas respuestas pueden ser el hacernos una advertencia, el consolarnos o dirigir nuestros pensamientos de cierta manera,  para así recibir ayuda.

He comprobado que establecer una conversación diaria con Dios es la mayor ayuda. Vierto todos mis problemas y dificultades en Él durante el diálogo, y éstos no sólo desaparecen, sino que también puedo permanecer en una continua y estrecha relación con Él.

Este tiempo determinado de conversación diaria con Dios me ha traído un regalo aún más precioso: me revela el amoroso corazón del Padre, que espera que sus hijos le expresen su amor en palabras y entrega. “Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes” (Santiago 4.8). ¡Acércate a Él! Cuando nos acercamos, debemos alabarle con palabras y canciones, proclamando que nuestro Padre es el Padre más bondadoso y misericordioso que tenemos; que su corazón está lleno de amor; es el Padre de toda paciencia y gracia; es el Padre que conforta, que es fiel; su Nombre es Sí y Amén. Entonces, cuando el Señor toca nuestro corazón, nos regocijamos al saber que somos sus hijos y estamos seguros en Él, pues nos acogió en su corazón.

Jesús también anhela que nos acerquemos a Él. Él se llama “el Novio”; por lo tanto, está esperando la entrega y el amor de su novia, pues Él es amor. Nos acercamos a Él en adoración y alabanza y engrandecemos su Nombre al proclamar Quién es: el más Hermoso de todos los hijos del hombre, la Fuente de toda felicidad, el Cordero que está en el Trono más alto, el Rey de reyes, el Príncipe de victoria, que venció el infierno y la muerte; entonces, nuestro amor por Él se volverá más fuerte y Jesús se inclinará amorosamente hacia nosotros, según su Palabra: “Yo amo a los que me aman” (Proverbios 8.17), y: “El que me ama, hace caso de mi Palabra; y mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con Él” (Juan 14.23).

Y además, como cosa natural, sucede que esta conversación diaria nos pone en contacto con el Espíritu Santo. Nosotros necesitamos de la presencia del Espíritu, para que nos guíe en todos los problemas que entregamos a Dios. El Espíritu nos revela la gloria del Padre y del Hijo, y desciende sobre nosotros como un Espíritu de adoración. Sí, Él está siempre presente cuando nos acercamos al corazón de Dios Padre y al de Jesús.

La oración diaria tiene que acercarnos al corazón de Dios, de otro modo no cumple su objetivo. El orar por nuestras necesidades y por las de otros y luchar la batalla de fe contra nuestros pecados, es necesario, pero no es suficiente. Lo principal no debe faltar: que nuestro corazón se ponga muy cerca del corazón de Dios. En esta unidad, que es al mismo tiempo la más excelente de las oraciones, haremos compromisos verdaderos con el Señor. Cuando reverenciamos y adoramos a Jesús, somos motivados por su amor a entregarnos más completamente a Él y a ofrecerle sacrificios, y quizás hasta pongamos por escrito lo acontecido durante dichos momentos. Encendidos en el ardor de su amor, nuestros tiempos diarios de oración se convertirán en una llama de amor que, alimentada por la entrega y el sacrificio, irá extendiendo su fuego día tras día.

Esta conversación de amor con Dios Padre, con nuestro Señor Jesucristo y con el Espíritu Santo es la corona de toda oración, y también el origen de toda oración verdadera. Solamente lo que nace del amor lleva Vida Divina en sí mismo. Dios es la Vida Divina, Eterna, porque Él es amor. Solamente tal vida de oración produce frutos sin fin.

Quiero pensar en Ti siempre,
 dame, Jesús, esta gracia.
 Cautívame, oh Señor,
 para ser tuyo en amor.

 

Este libro está impreso. Si deseas tenerlo, puede contactarse con nosotros.


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