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¿Está Dios a nuestro favor?

La oscuridad ha empezado a cubrir esta tierra, y las personas se encuentran bajo grandes presiones. Movimientos revolucionarios y actos de violencia están ganando terreno, y amenazan con convertirse en guerras civiles.­ Son los resultados del odio creciente hacia todo lo que se relaciona con Dios y el cristianismo. A veces la situación es peor en los países llamados “cristianos” que en los países ateos. El aumento en las estadísticas de crímenes y los continuos preparativos con fines bélicos ponen en peligro las vidas de la gente, aunque vivan en países donde hay prosperidad y sistemas de seguridad social. Las personas se sienten inseguras y temerosas del futuro. Como nunca antes, ellas necesitan ayuda.

En medio de circunstancias tan amenazadoras, todos necesitamos el brazo fuerte del Señor. Necesitamos experimentar la realidad de Dios, quien es un Dios de milagros. Necesitamos saber que Dios es un Padre, que en verdad quiere darnos a nosotros, sus hijos, protección y auxilio en tiempos de tribulación.

Por eso, la siguiente pregunta es tan decisiva en nuestros tiempos: ¿Es Dios verdaderamente mi Ayudador? ¿O simplemente reconozco que la Biblia dice: “Mi ayuda vendrá del Señor, creador del cielo y de la tierra”? Cuando me vuelvo hacia el Señor, ¿espero en vano Su ayuda? ¿O mi temeroso corazón realmente encuentra paz y consuelo cuando oro?
Actualmente es asunto de gran importancia que yo sepa, no solamente que el brazo de Dios es poderoso, sino también que este brazo en verdad interviene para ayudarme cuando está amenazada mi vida. Algo tiene que ocurrir.

En lo que a Dios concierne, todas Sus bendiciones están disponi­bles. Él quiere dejarnos experimentar Su poderoso auxilio. Su amor hacia nosotros es indescriptiblemente. Quiere protegernos y darnos paz en medio del temor. Quiere cumplir lo escrito en el Salmo 91:4, “Te cubrirá con sus plumas, y hallarás refugio bajo sus alas”. Él quiere mostrarnos que Él es el “Padre que nos tiene compasión y el Dios que siempre nos consuela”, como el apóstol Pablo escribió en 2a Corintios 1:3,4. Dios, el Padre, tiene preparada una copa llena de consuelo para estos tiempos. Nos ha prometido Su ayuda, Su amparo, Su consuelo y Su paz.

Hay algo que no puedes perder, aunque pierdas todas las otras cosas en los tiempos venideros: ¡Dios! Si tienes a Él, tienes todo lo que necesitas en medio del temor y la aflicción. Por eso, cuando vengan tiempos de aflicción, asegúrate que Dios esté a tu favor (ver Romanos 8:31).

Dios estará en tu contra si desatendiste la limpieza de todo pecado en tu vida. Estarás perdido cuando comience el tiempo de tribulación. Si Dios está a tu favor, ¡nada te puede hacer daño! Experimentarás Su ayuda y Su consuelo.

(Tomado de “Protegidos por Sus Manos” por Basilea Schlink)

Si tenemos a Dios a nuestro lado, no nos puede faltar nada, aún en los tiempos de mayor aflicción y catástrofes. Él peleará las batallas por nosotros, y usará Su poder, que es más fuerte que todos los poderes juntos. Él puede volver los corazones de nuestros perseguidores como ríos. Si Él así lo desea, no lograrán nada contra nosotros. Él intervendrá con Sus milagros y nos protegerá. “Por todos lados me has rodeado; tienes puesta tu mano sobre mí” (Salmo 139:5). Él tiene poder para calmar nuestros temores en el nombre de Jesús. Jesús dijo: “Les doy mi paz”. Y en verdad nos dará verdadera paz. Su paz fluirá en nuestros corazones atemorizados y los llenará de paz y consuelo divino.

Si Dios está a nuestro favor, Él es un verdadero Padre para nosotros. Él provee y satisface nuestras necesidades de manera milagrosa en tiempos de dificultad. ¿Está Dios a nuestro favor? Esa es la pregunta importante que durante estos tiempos debemos considerar en nuestros corazones. Dios está a nuestro favor, si somos sus hijos por medio de Jesucristo. Si somos sus hijos, nada puede hacernos daño en el tiempo de la aflicción. La prueba de ello es que el Espíritu de Dios –que es Espíritu de amor– nos impulsa. Dios se manifestará como Padre omnipotente. Usará Su poder a favor de sus hijos, poder más grande que el de toda otra persona, que toda potencia maligna y que todos los poderes políticos y armas nucleares. Y lo hará todo por amor a sus hijos, para ayudarles, socorrerlos, hacerles bien y cuidar de ellos de todas las maneras.

Durante los tiempos de aflicción, los verdaderos “hijos de Dios” esperamos:

El consuelo del Padre…  que sienta a su hijo en su regazo y lo atiende con gran amor cuando su corazón tiemble.
Numerosos milagros… como Dios suele hacer para los suyos, según su palabra, cuando se encuentren en tiempo de prueba (2ª Pedro 2:5-9).
Paz como ríos… que Dios deja fluir en nuestros corazones para calmar todos nuestros temores.
El cielo abierto… que desciende sobre nosotros en los momentos en que vemos todo más oscuro.
Una provisión especial de poder y fortaleza…  para los tiempos difíciles, y así vencer todas las tribulaciones del mundo.
La presencia cercana de Jesús… que ilumina la noche con la luz brillante de su amor y transforma el infierno en cielo.
La protección angelical…que rodea, guarda y sirve a todos los que somos hijos de Dios.

La palabra de Dios contiene esta promesa: “Yo amo a los que me aman … A los que me aman les doy su parte: lleno sus casas de tesoros.”         Proverbios 8:17 a 21.

Sin embargo, no hay certeza de que todas nuestras oraciones pasarán las nubes y serán contestadas, a pesar de que Dios nos ama tanto y nos ha prometido que contestará nuestras oraciones. Esto lo hemos experimentado todos. Levantamos obstáculos que hacen que nuestras oraciones no sean contestadas y que nos privan del consuelo que Dios nos quiere dar. Esto ocurre cuando nuestro corazón está cerrado contra Dios por desconfianza o por rebeldía ante las pruebas y penas que Dios nos envía; cerrados contra personas en odio, juicios adversos y falta de reconciliación. Si levantamos una barrera en nuestro corazón contra alguien, también levantamos una barrera contra Dios. Y, entonces, Dios ya no está a nuestro favor. Quedamos a merced de temores, dudas y necesidades que se presenten contra nosotros. Dios ya no puede contestar nuestras oraciones. Sólo ha prometido contestar las oraciones de los que obedecen sus mandamientos (1 Juan 3:22), especialmente el mandamiento principal: amarle y honrarle a Él y amar a nuestro prójimo; lo que implica amar al hermano, perdonarle y reconciliarnos con él.

Por lo tanto, hoy, más que nunca, es muy importante quitar de nuestro camino todo obstáculo que pueda impedir que nuestras oraciones asciendan al trono de Dios y sean atendidas.  Por esto, los que aman a Dios, los hijos del Padre, vivan en una preparación interior constante para quitar de su camino todo obstáculo que pudiera impedir que Dios esté a su favor. Ellos arreglan su relación con otras personas, porque saben que cualquier perturbación en esta área estorba la relación con Dios. Si decimos que Jesús nos reconcilió con Dios, y a la vez, nosotros no estamos reconciliados con nuestros hermanos (es decir, les negamos perdón, amor y misericordia), somos como el siervo malvado que debía a su amo diez mil talentos y fue perdonado, y luego rehusó perdonar a su consiervo que solamente le debía cien denarios. En tal caso, Dios está en contra de nosotros. Dios nos ofrece Su amor para que podamos amar a otros, tal como Él nos amó. Si no aceptamos este ofrecimiento del amor de Dios, ¿cómo podrá Dios darnos la ayuda que Él quiere, en tiempos de tribulación? Recibiremos la ayuda de Dios en la medida en que tomemos en serio Su mandamiento de amar a nuestros hermanos, practicándolo realmente en la vida cotidiana. La Palabra de Dios nos muestra claramente que existe una relación directa entre las respuestas a la oración y la obediencia a la voluntad de Dios (Juan 9:31b).

Por consiguiente, frente a los tiempos que vienen, debemos hacernos las siguientes preguntas: ¿Puede Dios estar a mi favor? ¿Está Él pronto a ayudarme? ¿Amo a mi hermano?

Para Jesús, el amor es lo más importante de todo. Un día, Él nos juzgará en este aspecto. Sin embargo, hoy también nos está juzgando.
El amor es lo que importa 

Sí, a Jesús lo que más le importa es el amor, porque Él es amor y el amor caracteriza todo Su ser. El amor también debe ser la característica común de todos sus discípulos. Él nos creó a Su imagen. Nos redimió a fin de que pudiéramos llegar a asemejarnos a Él.
Por eso, este amor debe fluir de nosotros, tanto hacia los amigos como hacia los enemigos. Un amor de esta índole es la mayor felicidad. Y porque Jesús desea hacernos felices, pone todo Su empeño en formar en nosotros este amor. Nos desafía a que tomemos la decisión santa de pelear la batalla de la fe, a fin de alcanzar este amor.

¿Qué entiende Jesús por “amor”? Es un amor especial, diferente de nuestro concepto del amor. Nosotros entenderíamos como amor el hecho de que alguna persona dé todos sus bienes a los pobres. Esto sí es un acto desinteresado y grandioso. Sin embargo, las Sagradas Escrituras lo califican de “nada”, si una persona no tiene aquella clase de amor que describe el apóstol en 1 Corintios 13, hasta el punto de dejar quemar su cuerpo; es decir, sacrificar su vida, no manifestaría esa clase de amor a la que Jesús se refiere. Incluso un sacrificio tan grande no vale nada ante Dios, si no poseemos el verdadero amor.
La primera carta de San Pablo a los Corintios nos sigue enseñando en el capítulo 13, que hasta aquello que ante los ojos de Dios es muy preciado Buna fe arriesgada que puede mover montañas, una confianza en el amor de Dios en los días más oscuros, una fe perseveranteB no es nada en comparación con este precioso amor, el cual el apóstol alaba en este himno. Lo único que importa es el amor.

¿Qué tipo de amor es éste? Jesús nos lo dice de un modo muy claro: “Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo les amo a ustedes” (Juan 13:34). ¿Él cómo nos amó? La respuesta a esta pregunta nos mostrará qué clase de amor es. Es seguro que Jesús se despojó de todo; dejó todo, incluso la gloria que tuvo en la presencia de Su Padre. Se hizo pobre. Sacrificó Su cuerpo por nosotros en la cruz. Pero ¿era esto el todo de Su “amor especial”?  No.

Lo singular del amor de Jesús es la manera en que Él sacrificó Su vida: en expiación por el pecado y la actitud con que asumió Su sacrificio. Jesús no sólo soportó el sufrimiento y muerte por nosotros, sino, lo más importante de todo, en medio de Sus sufrimientos, es que pudo mirar con amor y misericordia a quienes le atormentaban, y perdonarles por lo que le hacían. Su primera palabra, desde la cruz, no fue dirigida a sus amigos, sino a sus enemigos. Después de Su Resurrección se fue de prisa, junto a quienes le habían negado, a quienes le habían abandonado en Su aflicción, a quienes le habían agraviado y dañado. Sin embargo, Sus palabras eran voces de amor: “Hijitos, ¿tenéis algo de comer?” Y Él cuidó de ellos. Esa es el “amor especial”, que Jesús desea entre nosotros. Y es imprescindible tenerlo, si queremos estar preparados cuando Él venga. Este amor demuestra a otros que el Espíritu de Dios nos está motivando y que somos verdaderos hijos de Dios. Cuando tenemos este amor, Dios está a nuestro favor.

Este amor es verdaderamente lo más grande. Una persona idealista, generosa, desinteresada puede dar todos sus bienes a los pobres. Posiblemente no le sea difícil hacerlo. Un fanático puede sacrificar su vida. Sin embargo, estas mismas personas, que son capaces de hacer cosas tan extraordinarias (tal vez en la fuerza de su propio carácter), cuando se les insulta o tortura, cuando tienen que sufrir injusticia o calumnia, no pueden perdonar a sus enemigos y responder a ellos con amor misericordioso. A veces, alguien que es capaz de regalar todas sus posesiones, guarda rencor contra otra persona y no puede soportar con paciencia las ofensas que ésta le hace. No puede mirarla con amor y compasión y dejar de altercar con ella. Es incapaz de vencerla con amor paciente y misericordioso. Pero el amor verdadero “todo lo sufre y todo lo soporta”.

Este amor es la única norma, la única regla que Jesús nos dio. Hemos de amarnos los unos a los otros en la manera en que Él nos amó. Éste es el “amor especial” que se describe en 1 Corintios 13. El amor que no es egoísta, no tiene en cuenta el mal que han hecho otros; que no guarda rencor; que no es amargo; que nunca deja de ser; el amor que persevera y continúa sirviendo a otros, sea cual sea la reacción de ellos.

Cuando Jesús nos dio esta norma de amor, no dijo: “Pruébenlo. Vean si pueden vivir de esta manera, amando a otros y aguantándolos aunque les traten mal.” ¡No! Jesús nos manda amar de esta manera: “Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros.  Así como yo les amo a ustedes”. Ciertamente, Jesús nos ordena aquí: obedecerlo o no, y esto tiene grandes consecuencias para nuestra eternidad. Este es el único legado que dio antes de Su muerte. Por tanto, es santo y debemos tomarlo en serio. Si descuidamos este mandamiento de amar a nuestro prójimo, aun cuando éste nos trate mal, Dios está en contra de nosotros y nos tratará como el amo trató a su siervo, quien rehusó perdonar a su consiervo que le debía 100 denarios. Dios se enojará con nosotros y nos rechazará. Por eso, todo depende de si alcanzamos este amor o no.

En resumen, debemos preguntarnos: ¿Quién es un hijo de Dios, dirigido por el Espíritu de Su amor, de manera que experimente cómo Dios está “a su favor”?  Solamente aquel que vive en amor paciente y reconciliador, es el que tiene al Espíritu de Dios.  Este pertenece a Jesús, porque lleva Su rasgo de amor.
Aprende a amar

 ¿Cómo puedo llegar a amar así? Las Escrituras nos enseñan el camino que nos conduce al Señor, haciendo que Él escuche nuestras oraciones para recibir Su amor. Nuestro “yo” altivo debe clavarse en la cruz. Jesús llevó la cruz, para ser clavado en ella y morir allí. Toda cruz que hemos de llevar tiene una meta igual: Poco a poco, nuestro “yo” debe clavarse en la cruz y morir en ella. Cada vez que somos clavados, durante nuestra vida, en la cruz de las contrariedades o del dolor, debe morir algo de nuestro “yo”.

Nuestro “yo” es como una serpiente que duerme en el fondo de nuestro corazón, quizás pasando desapercibida. Si somos ofendidos o irritados, si pensamos que somos víctimas de injusticia, si alguien no nos comprende o hasta nos odia; de repente, esta “serpiente” comienza a levantarse y a echar su veneno. La persona que nos causa ansiedad o a quien simplemente no aguantamos, es nuestra cruz. Esta persona nos es enviada conforme al plan de Dios. Dios coloca la cruz en nuestras vidas a propósito, para que muera nuestro “yo”. Cuando alguien nos ataca o hiere nuestro “yo”, esta “serpiente” que se levanta dispuesta a morder, debe ser apaleada. Debe ser herida una y otra vez, hasta que caiga destrozada en el suelo, incapaz de levantar su cabeza.

Detrás de esta “serpiente”, nuestro “yo”, está Satanás. Él es quien obra en contra del amor e incita al odio. Cada vez que no perdonamos a alguien; cada vez que nos resistimos ante la reconciliación; cada vez que insistimos en recordar el mal que otros nos hacen; cada vez que acusamos a otros, nos atamos a Satanás, quien es el acusador principal, el que siempre odia. Si acusamos a otros o guardamos rencor contra ellos, permanecemos bajo el dominio de Satanás, aun si no estamos conscientes de este hecho. Nos tornamos infelices, descontentos de nosotros mismos, oprimidos. Ésta es la meta de Satanás. El reino de Jesús es un reino de paz y gozo. Pero el reino de Satanás es un reino de desesperación e infelicidad. No se sabe cuántas depresiones tienen su origen así. Tan astuto es el enemigo que esconde de nosotros estos hechos. ¡Por eso tenemos que investigar al fondo todas nuestras depresiones y opresiones! Así nos ahorraríamos muchos problemas. La razón básica es, usualmente que, cuando alguien nos critica, o cuando nuestro “yo” es herido por reproches o acusaciones, o tal vez cuando alguien nos hace daño, nos calumnia, o somos objeto de injusticia, no buscamos una renovación interior

Cuando se nos trata mal, descubrimos si en realidad tomamos en serio el mandamiento de Jesús de amarnos los unos a los otros, como Él nos amó. ¿Soportamos? ¿Somos compasivos? ¿Perdonamos y amamos? Dios ama a los que obedecen Sus mandamientos (Juan 14:23). Nuestra actitud determina si Dios intervendrá, con Su auxilio milagroso, durante épocas de tribulación y si nos recogerá en Su gloria. Debemos reconocer que es nuestro deber cumplir con el mandamiento de Jesús: amar. El cielo es un reino de amor. Solamente los que aman habitarán allí.

Por eso, debemos decir: “Sí, Padre, Tu voluntad es buena” cuando Él coloca en nuestras vidas una persona que nos causa dificultades.  Nos está dando una cruz en la cual podemos clavar nuestro “yo” malvado y dejarlo morir.

No existe otra manera con la que podemos alcanzar el amor verdadero, sino hiriendo y matando la “serpiente” de nuestro “yo”. Todo depende de nuestra actitud hacia nuestra cruz, la cual puede ser la convivencia con una persona difícil. Nunca alcanzaremos la meta si simplemente aceptamos que no se puede cambiar la situación, y en lo íntimo de nuestro corazón, deseamos que las cosas sean diferentes.  No la alcanzaremos cuando tratamos de escapar, hasta donde nos sea posible de la situación (por ejemplo, evitar ser heridos por sus comentarios mordaces). Si no alcanzamos el amor verdadero y si no somos motivados por Su Espíritu, entonces, no podemos ser hijos de Dios. Solamente a los hijos de Dios pertenece la promesa de auxilio.

Al contrario, si no aceptamos nuestra cruz, la “serpiente” crecerá. Nuestras personalidades se tornarán rígidas, y se arraigarán firmemente nuestros sentimientos amargos, nuestras tendencias de altercar y a protestar, y nuestra incapacidad de perdonar. Hacemos de nuestras vidas un infierno, porque nos hemos colocado en las manos de Satanás. No solamente estamos entregados en las manos de los poderes de la oscuridad en este mundo, sino también perderemos la gloria eterna. Tener en sí la cruz (esta otra persona difícil) no garantiza que la “serpiente” morirá. Aceptar la cruz es lo más importante. Cueste lo que cueste, debemos abrazar nuestra cruz con ambos brazos. Cada vez que nuestro “yo” sea herido, debemos agradecer a Dios por los esfuerzos que hace para matar a nuestra “serpiente” y enseñarnos cómo amar.

Cantemos himnos de alabanza por la bondad del Padre cuando Él comience a obrar en la “serpiente” de nuestro “yo”. Hay un poder maravilloso en la cruz, cuando la aceptamos con agradecimiento. Lo he experimentado muchas veces cuando me han hecho cosas muy dolorosas. Centenares de veces he experimentado cuán importante es tener una actitud correcta hacia la propia cruz, la que hiere mi “yo”. Es decir: “La necesito. Te doy gracias, Señor, por enseñarme a amar a través de ella”. Antes de reconocer esto, tuvo que operarse una gran transformación dentro de mí. Hace muchos años tuve que pelear tal batalla por primera vez. Recuerdo cuánto me compadecía a mí misma, porque una persona me hacía la vida difícil. Me di cuenta que estaba amargada, pero me consideraba justificada, porque esta otra persona me hacía la vida increíblemente difícil. Con esta actitud, jamás hubiera alcanzado el verdadero amor. Me sentía infeliz y frustrada. Sin embargo, un día el Señor me hizo ver que no era la otra persona que me hacía sentir tan infeliz, en realidad, era mi propio “yo”. Los pecados de amargura y de no querer perdonar eran la causa de todos mis problemas. Mi pecado impedía una solución. De repente, me di cuenta que Dios me había enviado esta persona, para que yo pudiera reconocer mi pecado y pelear para eliminarlo.

 Desde entonces, todo cambió. Pedí que Él me ablande mi corazón y me dé un sincero dolor por mi dureza, pedí poder arrepentirme de este pecado contra el amor misericordioso. Comprendí que al reconocer mi propia culpa hacia la otra persona, dejé de sentir lástima de mí misma. Al darme cuenta que yo merecía el juicio de Dios, comencé a pedir la redención por Jesús y Él pudo obrar en mí.

Durante mis luchas de fe y de oración, que duraron meses, Él me dio más y más arrepentimiento, y clavó la “serpiente” de mi “yo” en la cruz. Dejé de ser tan susceptible. Después de mucha oración ferviente, Dios me concedió un amor misericordioso hacia esta persona, y nuestra relación se transformó totalmente.

Mucho más tarde, vi claramente que nuestra actitud a nuestra cruz puede producir en nosotros este verdadero amor hacia otros, y puede abrir la puerta al corazón de nuestro Padre. Cuando hay amargura en nuestro corazón, no vale la pena orar. La amargura evita que nuestras oraciones lleguen al trono de Dios.

El Señor continuó enseñándome esta lección en cada oportunidad que se me presentaba, especialmente durante la época en que adquirimos nuestra finca de Canaán. Una vez quisimos comprar un terreno de cierta persona que estaba en un puesto de mucha responsabilidad. Este señor tenía una voluntad de hierro y nos dio un “No” arbitrario. Rehusó darnos el terreno. Nos reprochó y nos acusó. No le gustaba para nada la idea de que tratábamos adquirir este terreno que considerábamos necesario para nuestro ministerio. A pesar de todas mis oraciones, Dios estaba en mi contra y rehusó ayudar. Siempre había orado que el Señor le diese a este hombre un cambio de corazón. Pero un día, Él me mostró que podría orar durante años y Él no contestaría mis oraciones. A Dios no le gustaba la forma en que oraba. Estaba inconforme conmigo porque siempre pedía que el otro cambiara y no me interesaba un cambio de mí misma, ni obtener un amor misericordioso hacia esta persona difícil.

Mi indignación hacia este hombre no agradaba de ninguna manera a Dios, y por lo tanto, Él no estaba “a mi favor”. No estaba de mi lado. Quería que yo me arrepintiera de mi actitud hacia este hombre. Quería que me confesara que le estaba juzgando y que no tenía una actitud misericordiosa hacia él. El Señor me enseñó cómo se había levantado en mí la “serpiente”, y finalmente reconocí que Dios estaba utilizando a esta persona y su negación para enseñarme algo. De modo que oré pidiendo arrepentimiento y amor misericordioso, porque este amor no podemos darlo por nosotros mismos; tenemos que pedírselas a Dios. Tampoco podemos librar fácilmente nuestro corazón de indignaciones. La única solución es reclamar que la sangre de Jesús, nuestro Redentor, nos libera de nuestro pecado. Con frecuencia, hemos de esperar un tiempo, antes de que Él conteste nuestras oraciones, pero cada una de ellas será atendida. Dios contestó mis oraciones y me dio un amor auténtico hacia esa persona. De repente, cambió la situación. Cuando nos volvimos a encontrar, este hombre estaba transformado. Ya no estaba lleno de enojo, reproches y rechazo. Por vez primera fue amable y nos dio la autorización que habíamos solicitado. Ahora Dios estaba a mi favor. Recibí la ayuda que sólo Él puede dar, porque todas las cosas y personas están en Su mano. Él dirige sus corazones como corrientes de agua (ver Proverbios 21).
Vivir reconciliado

Lo más importante es quitar los obstáculos de nuestros corazones. Solamente así podemos orar con autoridad. Solamente así está Dios a nuestro favor. Dios espera que odiemos el pecado y que lo quitemos, para que ya no sea más una barrera entre nosotros y Él; para que Él no tenga que estar en nuestra contra, a causa de nuestros pecados no perdonados. Dios quiere estar a nuestro favor, por eso, sacrificó a Su Hijo unigénito para que pudiéramos ser reconciliados con Él

Ya que Jesús realizó Su sacrificio, derramando Su preciosa sangre a fin de reconciliarnos con el Padre, no puede haber mayor pecado que el no vivir reconciliados con nuestros hermanos.­ Ningún pecado levanta tanto la ira de Dios como éste, pues lleva rasgos satánicos. Estos últimos tiempos se caracterizan por el odio y la falta de reconciliación que se viven. Abundan frases de odio en los países ateos y aun en nuestros países, que son llamados “cristianos”, que están bajo la influencia del espíritu anticristiano y revolucionario. Dios espera que sus hijos vivan en amor y reconciliación los unos con los otros. La reconciliación produce la unidad de amor y en esta unidad hay gran poder. Los que permiten que su cruz los lleve a un amor misericordioso y perdonador pueden vivir reconciliados. Son personas fuertes y podrán soportar las persecuciones de los creyentes y los ataques del enemigo. Podrán amar a sus perseguidores. Ese es la única manera cómo sus perseguidores serán vencidos, y la única manera en que los cristianos perseguidos podrán seguir viviendo en la paz de Cristo. Las personas que llevan en sí el carácter de Jesús, Su amor misericordioso y perdonador, están unidos con Dios. Jesús dijo que Él moraría en aquellos que obedecen Su mandamiento de amor. No importa qué clase de tribulaciones, hostilidades, guerras y catástrofes les sobrevengan: permanecerán invencibles. Dios mismo vive en ellos, habla con ellos y obra a través de ellos.

¡Qué gracia más sorprendente! Jesús, el Amor Eterno, bajó a la tierra, anduvo por el camino del sufrimiento, y murió en la cruz por amor a nosotros. Lo hizo a fin de que nosotros, que estamos todavía atados por nuestro “yo”, llenos de amargura, acusaciones, condenación e indispuestos a perdonar, pudiéramos ser redimidos para amar.

Ahora está abierto para todos el camino al amor. Todos tenemos la oportunidad de clamar la sangre de Jesús para que nos libere de la amargura y la falta de misericordia. ¡La sangre del Cordero puede limpiar todo defecto y transformarnos a la imagen de Su amor! ¡Redimidos a la imagen más hermosa, redimidos para ser la imagen de Su amor! Entremos en la batalla de fe para alcanzar este amor.

Bien dice la Primera carta a los Corintios 13, capítulo 13, que no somos nada sin este amor, aun cuando tengamos mucha fe y conocimiento, y hayamos hecho mucho bien. Entonces, hay que asumir que la persona que tenga este amor, lo tiene todo. Por tanto:

El Padre y el Hijo vendrán a vivir en él.  Dios estará a su favor.
Experimentará Su ayuda, milagros y protección, porque comprueba que es un verdadero hijo de Dios, que tiene su Espíritu, el Espíritu de amor.
Tiene toda dicha, porque nada lo hace tan feliz como el amar a todos, con un amor misericordioso y perdonador.
Tiene poder, porque el amor le da autoridad en tiempos de persecución.
Estarán abiertas, para él, las puertas del cielo que conducen a la gloria. Solamente aquellos que obedecen Sus mandamientos del amor  amor por Dios y por el prójimopodrán entrar en la ciudad de Dios.

Para aquellos que verdaderamente aman a Dios y a su prójimo, las amenazas de nuestro tiempo apocalíptico pierden su horror. Puede que ya sea muy corto el tiempo para que comiencen las catástrofes. Por eso, tenemos que prepararnos ahora, para amar. Cuando lleguen los tiempos catastróficos, ya será demasiado tarde para rectificar nuestra situación y aprender estas lecciones. Dios no quiere que nos encontremos sin ayuda y sin esperanza. Nos advierte ahora, para que aprovechemos el corto tiempo que nos queda para practicar el amor, para que Él esté “a nuestro favor”, cuando realmente necesitemos su ayuda.

*   Esfuérzate por amar a los que te hacen difícil la vida. Serás juzgado o perdonado conforme a la medida de tu amor. Sin este amor no eres nada ante los ojos de Dios, y todas tus obras, tu fe y tu sacrificio son en vano. 
*   Fuimos redimidos por Cristo para ser conformados a la imagen de Dios, la imagen de su amor.  No pierdas esta meta.
*   Cuando decimos sí a nuestra cruz y estamos dispuestos a soportar a las personas que son difíciles de tratar, a soportar la injusticia y la hostilidad, nacerá en nosotros el amor reconciliador que Jesús busca.

“¡Reconcíliate! ¡No estés enemistado con ninguna persona! Ve a aquella persona contra la cual tienes algo en el corazón, o ella contra ti, y deja que venza el amor. ¡Entonces comenzará el reino de los cielos!”

(De nuestras Reglas de Canaán)


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HERMANDAD EVANGÉLICA DE MARIA - PARAGUAY