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La autora comparte cómo aprendió a andar por el camino de Jesús, el camino del Cordero y del amor. El siguiente texto es un extracto de este librito tan práctico.

El Camino de Jesús ─ El Sendero del Cordero

Hoy hablaremos acerca de compartir el camino de Jesús. Necesitamos comenzar preguntándonos: “¿Cuál fue el camino de Jesús?”

La Palabra de Dios claramente nos lo muestra:

            A esto fueron llamados, porque Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus pasos. El no cometió pecado, ni se encontró falsedad en su boca. Cuando lo insultaban, no respondía con insultos; cuando estaba padeciendo, no profería amenazas, sino que se ponía en manos de Aquél que juzga con justicia.  1 Pedro 2:21-23

 

Y:

            Fue despreciado y desechado por los hombres… Él fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca. Como un cordero fue llevado al  matadero; y como una oveja que enmudece delante de sus esquiladores, tampoco él abrió la boca.   Isaías 53:3,7

 

¿Hemos pensado lo suficiente en cómo fue el camino de Jesús? Dando mi propio testimonio, yo había sido cristiana ya por más de diez años sin pensar mucho acerca de lo que caracterizó Su camino. No me había percatado del hecho de que Su deseo era llevarme con Él a través de Su propio sendero.

¿Por qué el Señor Jesús quiere que andemos en Su camino? ¿Cuál es Su intención al desear que sigamos Sus pasos? Es porque nos ama inmensamente y, cuando amamos a alguien, queremos tenerle muy cerca. La Sagrada Escritura nos habla de esto: Jesús quiere llevarnos con El hasta Su mismo trono.

Han transcurrido ya más de cincuenta años, pero aun puedo recordar cuán sorprendida estaba cuando por primera vez tomé plena conciencia de las palabras en Apocalipsis 21:7, “El que salga vencedor, recibirá todo esto como herencia” y la promesa de Jesús en Apocalipsis 3:21, “…les daré un lugar conmigo en mi trono”. Me parecía casi imposible que nosotros, seres humanos pecadores, podamos sentarnos con Jesús en Su trono, con tal de que hayamos vencido. Fue entonces que percibí: Tanto nos ama el Señor Jesús que quiere tenernos por siempre a Su lado ─ en Su camino aquí en la tierra, y luego en la gloria celestial.

Pero esto no es asunto para ser tomado livianamente, al menos no para mí. En aquel entonces no había aún entendido la total importancia de las palabras de Jesús: “Sígueme”.

Un día, mientras leía un pequeño libro acerca de la eternidad, fui desafiada por Dios: tú no estás siguiendo a Jesús en plenitud. No estás yendo por el Camino del Cordero, la senda por la cual Jesús anduvo, tal como se describe en 1 Pedro 2:23: “Cuando lo insultaban, no respondía con insultos; cuando estaba padeciendo, no profería amenazas, sino que se ponía en manos de Aquél que juzga con justicia.” ─ refiriéndose a Dios mismo. Tuve que admitir que no había estado caminando por el Camino del Cordero.

Allá en los principios de la década de 1930, durante la época de Hitler, tuve la responsabilidad de liderar la obra cristiana de las jóvenes estudiantes en nuestro país. En los “campus” universitarios habían grupos que apoyaban a Hitler: se autodenominaban Cristianos Alemanes. Recibí de ellos muchas cartas atacándome por pertenecer a la Iglesia de Confesión que no se había adaptado a aquellas ideas políticas. Me avergüenza recordar cómo les respondía. Ciertamente no estaba yo andando en el Camino del Cordero, aunque este camino, sí, significa aferrarse a la verdad y profesarla.

De repente me di cuenta que no estaba siguiendo aquel camino, aunque Jesús nos ha llamado para hacerlo. Acabamos de leer en 1 Pedro 2, que debemos seguir Sus pasos, o sea elegir el Camino del Cordero.

Allí entonces llegó el momento en que me comprometí a seguir el Camino del Cordero. Fue como llegar a un acuerdo con el Señor Jesús: de ahora en adelante voy a andar en el Camino del Cordero. Esto quiere decir que cuando se me hiere, insulta o se me niegue lo que me es debido ─tal como sucede en cuestiones de herencia─ seguiré el Camino del Cordero, entregando toda la situación a Dios. En vez de discutir, confiaré en El para una solución.

Inmediatamente después se presentó la primera prueba. Quedó acordado de que unos cursos bíblicos se iniciarían en casa de mis padres, la Casa Steinberg. Para este propósito se nos habían donado algunos muebles. Luego un día los muebles nos fueron quitados. Normalmente, mi reacción hubiera sido de protesta: “¡Eso no es justo! Se nos habían regalado”. Pero puse en práctica lo que yo había prometido al Señor: seguí las huellas del Cordero y callé.

Nuestro padre espiritual, el Pastor Riedinger, nos había dicho una vez: “los corderos no se hacen en un sólo día”. No nos transformaremos de repente en corderos, y tampoco el seguimiento del Cordero será una actitud natural en nosotros en seguida. Me vino a la memoria lo escrito sobre Jesús en Hebreos 5:8, “Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció”. ¡Cómo me conmovió saber que Jesús tuvo que aprender esto! Y estuve consciente de que: tampoco podemos esperar convertirnos repentinamente en cordero. Esto es resultado de un proceso, y ya es hora de empezar a aprender.

Unos años más tarde alguien que oraba por mí me vio reflejada como en un retrato: usando una mantilla larga, ondeante y aterciopelada. Pero sobre este manto hermoso había un parche tieso y repugnante. Entonces el Señor Jesús empezó a arrojar dardos sobre este duro parche, punzándolo hasta que desapareció por completo, dejando un hueco. Dentro de este hueco Jesús derramó el bálsamo del amor, y el amor comenzó a fluir. Pero debieron introducirse muchos dardos antes de que esto pudiera suceder.

Todo comenzó a suceder tal como el Señor había mostrado. Poco tiempo después me encontré ante la alternativa de andar por el Camino del Cordero. En ese tiempo éramos cerca de 50 Hermanas viviendo en la casa de mis padres, la Casa Steinberg. Cierto día nos llegó una carta, ordenándonos a abandonarla.

Yo sabía que si cumplía, quedaríamos sin techo y quizás obligadas a disolver nuestra Hermandad. Darmstadt estaba aún en ruinas (después de un intenso bombardeo a fines de la Segunda Guerra Mundial). ¿Dónde podríamos encontrar una casa para tantas como éramos? No obstante, estaba decidida a seguir el Camino del Cordero y no responder: “¡Pero la ley está de nuestra parte!” Así, cumplí lo que me fue exigido, diciendo: “Sí, nos vamos”, aun cuando no tenía idea a dónde iríamos.

La Escritura nos enseña a entregar nuestra causa a Dios: debemos confiar en El que juzga con justicia y que cuida del asunto. ¿Qué sucedió entonces? Cierto día una Hermana que estuvo visitando sus padres, regresó con la llave de un pequeño terreno en Eberstadt (un suburbio de Darmstadt). Su padre había puesto ese terreno a nuestra disposición. Era lo suficientemente grande como para construir allí nuestra Casa Matriz.

¡Era un milagro! Y así fue como comenzó nuestra tierra de Canaán, pues con el tiempo, pudimos adquirir los terrenos contiguos, poco a poco, según nos guiaba el Señor a hacerlo por la fe. Fue toda obra suya. Era El quien controlaba la situación. Cuidaba de nosotras y nos abría camino.

Hay tanto más que podría compartir con ustedes sobre las alegrías que vienen de seguir el Camino del Cordero. ¿Y saben ustedes por qué es tan especial? Porque en Sus huellas estamos con el Cordero de Dios, Aquél que es Mayor de todos. Una vez que estos tiempos terribles hayan pasado, El será glorificado por toda la humanidad. En Apocalipsis 5 dice que toda criatura, la tierra entera, adorará al Cordero en toda su gloria. La razón por la cual Jesús es tan glorioso es porque, como Cordero de Dios, no usó represalias ni devolvió insulto con insulto. Tal como un cordero llevado al matadero, se entregó sin resistir a su muerte y soportó la crucifixión agonizante.

 

Lo que hace que el Camino del Cordero sea algo tan maravilloso, es que nos lleva más cerca del Cordero de Dios y nos une a Él. ¡En este camino nos acercamos a El cada vez más y nuestros corazones se llenan de gozo al saber que Jesús es el Cordero de Dios! Una y otra vez alabamos al Cordero que tomó nuestros pecados sobre sí mismo, quitándonoslos. Porque Jesús ha hecho esto por nosotros, somos ahora llamados a “sobrellevar los unos las cargas de los otros” (Gálatas 6:2). Esto quiere decir que hemos de ser pacientes y compasivos con los que nos causan dificultades y problemas. Debemos soportarlo con buena voluntad, como corderos.

 

Aún teníamos mucho que aprender sobre el Camino del Cordero. Permítanme compartir con ustedes un ejemplo más. Un vecino nuestro tenía una estación de servicio de combustibles; se oponía a nuestra presencia allí, y por este motivo, constantemente, arrojaba desperdicios del otro lado de la cerca, sobre nuestra propiedad. Solía prevenir a sus clientes en contra de nosotras, comenzando sus muchos comentarios desfavorables con un “aquéllas hermanas de ahí…”

Un día recibimos una carta de él, quejándose del sonido de la campana de nuestra capilla. Nos exigía no volver a tocarla. ¿Qué habíamos de hacer?

Mientras oraba por esta situación, me di cuenta de que debíamos tener más amor por este hombre. Entonces fui allí y pedí disculpas, diciéndole que lamentábamos haberle molestado con nuestras campanadas. Le prometí no volver a hacerlo o bien, reducir el uso de la campana a un mínimo, según nos pidiera. El hombre quedó tan conmovido que se hizo amigo de nosotras. A las personas que se acercaban para llenar los tanques de sus autos, ahora les decía: “Debieran ustedes visitar a esas hermanas. Es maravilloso ahí”. Más tarde nos regaló una maceta de plantas. Fue admirable ver esta transformación.

Con esto, no estoy intentando decir que hemos de seguir por el Camino del Cordero simplemente para que el Señor pueda mostrarnos mucha más bondad como resultado. Este jamás debe ser nuestro motivo. No obstante, la Biblia dice que Dios intervendrá en nuestro favor si entregamos todo en Sus manos. Vimos esto cuando partimos de la Casa Steinberg y luego adquirimos el terreno de Canaán y cuando el hombre de la estación de servicio se hizo un buen amigo nuestro. Esta es la clase de cosas que hace el Señor cuando seguimos su camino.

Hay algo, sin embargo, que realmente deseo subrayar. Como al comienzo de mi vida cristiana fallé en seguir el Camino del Cordero, llegué a un arrepentimiento aún más profundo, y este arrepentimiento me llevó a los pies de Jesús. 1 Juan 1 se volvió más real para mí: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados.” Esto se aplica a todos nosotros, cuando reconocemos nuestros pecados. Quizás, así como yo, algunos de ustedes recuerdan episodios en que no actuaron dentro del espíritu de Jesús, el Cordero de Dios.

Porque personalmente descubrí que esto es de gran ayuda, quisiera alentar a cada uno a concretar un acuerdo con el Señor. En aquella época hice a Dios una firme promesa: De ahora en adelante, elijo andar por el Camino del Cordero, suceda lo que suceda. No importa que sea atacada, calumniada o injuriada, desde hoy seguiré el Camino del Cordero.

Hoy estamos hablando de hacer nuestro el camino de Jesús y creo que éste es un tema sumamente significativo. La Escritura enfatiza la importancia de elegir seguir el camino que era suyo, pues de lo contrario no podremos pertenecerle allá en lo alto. El camino que El andaba debe ser el mismo para nosotros. Si en esta vida no pertenecemos a Jesús ni compartimos su camino, ¿cómo podríamos caminar a su lado allá en lo alto?  En el Apocalipsis el Señor nos dice: “…andarán conmigo” (Apocalipsis 3:4). Siempre amé ese pasaje. ¿Pueden ustedes imaginarlo? Verdaderamente tomará Jesús de la mano a aquéllos que le pertenecen y han compartido su camino. Juntos caminarán por los campos celestiales y por la ciudad de oro. El caminará con nosotros en el cielo, si hemos caminado con El aquí en la tierra.

Por eso pienso que es de suma importancia que todos cuantos se sientan movidos a hacerlo, deberían comprometerse a seguir el Camino del Cordero, quizás con palabras como éstas:

Aquí estoy, Señor, dispuesto para seguir el Camino del Cordero. Confío en el poder de Tu redención. Por Tu preciosa sangre, Tú me limpiarás de la naturaleza pecaminosa de la cual todos participamos: la tendencia a la venganza, a la discusión, a guardar cuenta de los males recibidos o justificar algunas reacciones nuestras cuando se nos trata injustamente. Tú me transformarás y harás de mí un cordero ─ manso y capaz de perdonar, como Tú.

El Camino de Jesús ─ El Camino de Amor

Un nuevo mandamiento les doy: Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, así tienen que amarse los unos a los otros.  Juan 13:34

El amor es el mayor de todo, porque Jesús, el Amor eterno, lo demostró por Su disposición de sufrir por nosotros pecadores, el dolor inconmensurable de la crucifixión.

El amor trae alegría a nuestros corazones. Cuando amamos, somos felices y nos llenamos de gozo. Mientras guardo un mínimo de amargura y resentimiento contra alguien, o mientras tengo en cuenta todas las veces que tal persona me ha ofendido, o fue desagradable y me hirió, y sucesivamente, sobreviene la tristeza. No tengo compasión por la otra persona, quien, como todos, tiene sus faltas y a veces comete errores. ¡Y cuántas veces las cometo yo mismo!

Soportarnos unos a otros en amor – ¡esto es lo que cuenta! Tantos matrimonios se quiebran por falta de clemencia (aún por razones tan triviales como modales irritantes o maneras de hablar). Esperamos del otro que sea un santo y no podemos soportar que no complazca nuestro ideal y no actúe tal como queremos.

Sin embargo Jesús dice que debemos ser perfectos en el amor, así como es perfecto nuestro Padre celestial. Nuestra comunidad tiene casas en varios países. Lo más importante, para mí, es que el pequeño grupo de hermanas que habitan cada una de estas casas, vivan en armonía, que ninguna tenga algo contra otra, pues esto perturbaría la confraternidad de amor.

Probablemente lo primero que se nos preguntará cuando entremos en la eternidad será: “¿Fue tu vida marcada por el amor? ¿Cómo respondiste a los que fueron difíciles de soportar o que causaron problemas a tu vida?” Llegué a la conclusión de que no es suficiente con seguir el Camino del Cordero. No es suficiente refrenarnos de usar represalia, de hacer amenazas y de luchar por nuestros derechos. El amor es más que eso. El amor está hecho de ternura y afecto. Significa mantener abierto el corazón hacia la otra persona, y esto no nos viene naturalmente. Todos tenemos algunas reservas respecto de los demás, y hasta incluso rencores por heridas pasadas.

A menudo digo a las hermanas que si Dios nos encomienda algo, es porque Él se encarga también de capacitarnos para hacerlo. Si Jesús nos dice que debemos ser perfectos en el amor y nos ordena a amarnos los unos a los otros, entonces, esto debe ser posible. De lo contrario, el Señor no lo hubiera exigido.

Podemos preguntar: ¿Cómo es posible esto? Si simplemente no consigo tener amor por alguien –quizás sólo alcance a tolerarle– aun así puedo orar por contrición y llegar al arrepentimiento. La contrición, todo lo transforma.

Ya he dado testimonio de esto anteriormente. Viví, hace mucho tiempo, bajo el mismo techo con una persona conocida por su carácter histérico. Cada vez que nos veíamos me llovían reproches respecto a cosas que ni siquiera habían ocurrido. Percibí que en mi corazón había algo contra esta persona. Simplemente, no podía amarla; apenas si podía tolerarla. Cierto día, el Señor me lo hizo ver muy claramente: “Eres tú la que está en falta, pues eres perfectamente normal, mientras que ella sufre de una inestabilidad emocional. Lo que pido de ti es amor.”

Pero yo carecía de ese amor. Debe haber sido el Señor quien puso en mi corazón que pasara quince minutos o más cada mañana por un período de semanas o meses, orando por contrición y arrepentimiento por mi falta de amor. Cuando no podemos amar y no deseamos tener amor, entonces necesitamos orar, pidiendo el arrepentimiento, porque Dios nos requiere el amar. En la eternidad nos preguntará sobre nuestro amor por los demás.

Después de orar de esta manera durante semanas o meses –esto era hace unos 50 años– algo sucedió. Aún recuerdo el lugar en que nos encontramos esta persona y yo, cuando nuevamente me arrojó una serie de reproches. De pronto, la abracé, aunque anteriormente sólo quería alejarme. Mi reacción fue la del arrepentimiento. Marcó el comienzo de algo nuevo y nuestra relación mejoró progresivamente.

Si no tenemos el amor, el camino para lograrlo es el arrepentimiento. Dios nos ofrece una solución. Nadie puede decir: “Me es imposible amar”. Antes solía yo pensar así, pero podemos aprender a amar. Es Dios quien nos concede el amor en el camino del arrepentimiento. El escucha nuestra oración. Donde hay contrición, surgirá algo nuevo en nuestros corazones, casi sin darnos cuenta. Nuestra actitud de pronto cambia, y comenzamos a pensar y sentir de modo distinto.

El arrepentimiento produce ¡una vida rebosante de gozo! Jesús viajó por todo el país predicando: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca” (Mateo 4:17). Aquellos que se arrepienten podrán ver el amanecer del reino de los cielos en sus vidas. Experimentarán una liberación de aquello que les esclavizaba –esa incapacidad de amar– y esto es en sí un anticipo del cielo.

Todos podemos amar. Y aprenderemos a amar, aunque no de un momento al otro. Yo tuve que continuar orando por arrepentimiento, a fin de que el amor pudiera crecer en mí. Aquí me detengo para agregar algo para los que tal vez piensen: “¡Oh, eso no funcionará!” Antes me referí al versículo bíblico que nos enseña cómo Jesús aprendió la obediencia por medio del sufrimiento. Durante Su vida en la tierra, nuestro Señor Jesús probablemente tuvo que aprender el perfecto amor, porque como el Hijo de Dios, Él era también totalmente hombre. Por lo tanto, no podemos esperar tener amor de inmediato. Tenemos que aprender a amar, y esto es posible porque la sangre del Cordero, la sangre de Jesucristo, tiene el poder de redimirnos de nuestros pecados y ataduras, y de renovarnos, cambiándonos a Su semejanza.

Para concluir, desearía subrayar, otra vez más, que si somos seguidores de Jesús, debemos elegir Su camino. Necesitamos tomar un compromiso con Dios, declarando:

Por la fe en Tu poder redentor y en Tu victoria, y porque en la Escritura Tú así nos lo requieres, quiero ahora seguir Tu Camino –sea este camino el camino del Cordero, el camino de la cruz, el camino del amor o cualquiera que sea– elijo Tu camino como el mío propio.

 

Quiero seguirte, mi Cordero,

en Tu camino de la cruz.

Quiero seguir, sufrir contigo,

aunque débil y pecador.

Cual corderito quiero ir

en pos de mi Señor.

Mis ojos sólo en el Cordero

que dócil y paciente fue;

en mi dolor no me detengo,

en tu Cruz sólo hay virtud.

Seguirte paso a paso a Ti,

mi amado Salvador.

En íntima unión contigo,

déjame estar, oh mi Jesús.

Me fortalezco en Tus heridas

en el camino de la cruz;

Tu corderito quiero ser,

seguirte siempre fiel.

 

 

 

Oración de Entrega:

Eligiendo el Camino de Jesús como el Mío

Señor Jesús,

por favor recibe ahora mi compromiso:

Escojo tu Camino,

la senda que anduviste primero,

dejándonos ejemplo para nuestras vidas.

Por amor a Ti quiero seguir Tus pasos.

Por eso, hoy elijo andar el Camino del Cordero.

Tú fuiste delante nuestro como el Cordero de Dios,

despreciado y tratado injustamente.

Confío que por Tu preciosa sangre

me darás las fuerzas para seguirte.

Elijo Tu camino de la cruz y de la obediencia.

Quiero someter mi voluntad a la Tuya

en cada trecho difícil.

Tú has ido delante nuestro por caminos de sufrimiento,

consagrando Tu voluntad completamente a la del Padre.

Elijo Tu camino de amar

al cual nos llamas a seguir Tu ejemplo, Señor Jesús,

y amarnos los unos a los otros,

tal como Tú nos amaste (Juan 13:34).

Y sé, Señor Jesús,

que no nos llamarías a andar en Tu camino

sin darnos también las fuerzas para hacerlo.

Ayúdame a aprender de Ti.

Por Tu sangre derramada

y por el poder de Tu redención,

Tú me harás capaz de seguir

Tus pisadas cada vez más fielmente.

En la certeza de esto,

me consagro a Ti en este día.

Que Tu camino llegue a ser el mío.

Amén.


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HERMANDAD EVANGÉLICA DE MARIA - PARAGUAY